Dentro de unos días se cumplirán siete años desde que los
franceses, en referendum, se negaran a aprobar el texto del tratado
de constitución europea (45,3% a favor), que tan solo cuatro meses antes
habíamos respaldado ampliamente los españoles (76,7 % a favor). Durante la
campaña, en Francia se escucharon argumentos que aquí pasaron más inadvertidos,
referentes al excesivo carácter económico de la Unión frente al carácter
social. Argumentos que calaron también en los Países Bajos, cuya oposición se
sumaría a la de nuestros vecinos a los pocos días.
Defendí entonces las bondades de aquel texto por encima de los
matices. Siempre los hay. Como entusiasta europeista, me resultó fácil
identificarme con aquella declaración de máximos y hacer campaña por el “SÍ”
considerando que era un buen punto de partida para ponerle los cimientos a la Europa
que creo que casi todos queremos. Ahora, visto lo visto, creo que la aprobación
de aquel tratado no hubiese servido para evitar este lodazal en el que estamos atrapados,
pero al mismo tiempo me siento obligado a volver la mirada atrás y valorar en
su justa medida aquellos argumentos y aquel mensaje de alarma de los franceses:
las personas antes que la economía. Ahora
es fácil.
Entonces, la lógica de considerar el crecimiento como condición
indispensable para desarrollar el bienestar y la justicia social primaba. La
fortaleza de la moneda como combustible necesario para llegar a donde deseamos;
sin embargo, el combustible nunca puede llegar a convertirse en el objetivo y
mucho menos en una obsesión, como pasa ahora. Nunca es tarde para afianzar la
idea de que bastantes de los objetivos sociales que perseguimos se
pueden conseguir sólo con voluntad, sólo con clarividencia en las
decisiones atendiendo a las prioridades:
el empleo, la educación, la
sanidad y la justicia antes que todo lo demás, porque es facilísimo malgastar
el dinero cuando no se sabe exactamente qué se quiere conseguir con él, y eso
no excluye al dinero público.
Así, actualmente el empleo no es una prioridad para las
autoridades europeas ni tampoco para las españolas. Tengámoslo todos claro y no
nos llevemos a engaño, porque la única prioridad de nuestros dirigentes es resolver
el problemas de la deuda, el del combustible, y para conseguirlo están
dispuestos a hacer lo que haga falta. Incluso están dispuestos a renunciar al
viaje, al destino, para disponer de gasolina. Los franceses se han dado cuenta,
como se dieron entonces y han dicho “hasta
aquí hemos llegado”. Aquí en España, aquí en Valladolid, hay niños que van a clase sin desayunar, que se quedan
sin actividades extraescolares porque no se las pueden pagar, hombres con larga
experiencia laboral en los comedores sociales, mujeres con estudios otra vez
confinadas al hogar y contenedores de basura registrados a diario… ¿Qué
estamos haciendo?


