miércoles, 23 de mayo de 2012

El camino francés


Dentro de unos días se cumplirán siete años desde que los franceses, en referendum, se negaran a aprobar el texto del tratado de constitución europea (45,3% a favor), que tan solo cuatro meses antes habíamos respaldado ampliamente los españoles (76,7 % a favor). Durante la campaña, en Francia se escucharon argumentos que aquí pasaron más inadvertidos, referentes al excesivo carácter económico de la Unión frente al carácter social. Argumentos que calaron también en los Países Bajos, cuya oposición se sumaría a la de nuestros vecinos a los pocos días.

Defendí entonces las bondades de aquel texto por encima de los matices. Siempre los hay. Como entusiasta europeista, me resultó fácil identificarme con aquella declaración de máximos y hacer campaña por el “SÍ” considerando que era un buen punto de partida para ponerle los cimientos a la Europa que creo que casi todos queremos. Ahora, visto lo visto, creo que la aprobación de aquel tratado no hubiese servido para evitar este lodazal en el que estamos atrapados, pero al mismo tiempo me siento obligado a volver la mirada atrás y valorar en su justa medida aquellos argumentos y aquel mensaje de alarma de los franceses: las personas antes que la economía. Ahora es fácil.

Entonces, la lógica de considerar el crecimiento como condición indispensable para desarrollar el bienestar y la justicia social primaba. La fortaleza de la moneda como combustible necesario para llegar a donde deseamos; sin embargo, el combustible nunca puede llegar a convertirse en el objetivo y mucho menos en una obsesión, como pasa ahora. Nunca es tarde para afianzar la idea de que bastantes de los objetivos sociales que perseguimos se pueden conseguir sólo con voluntad, sólo con clarividencia en las decisiones atendiendo a las prioridades:  el empleo, la educación, la sanidad y la justicia antes que todo lo demás, porque es facilísimo malgastar el dinero cuando no se sabe exactamente qué se quiere conseguir con él, y eso no excluye al dinero público.

Así, actualmente el empleo no es una prioridad para las autoridades europeas ni tampoco para las españolas. Tengámoslo todos claro y no nos llevemos a engaño, porque la única prioridad de nuestros dirigentes es resolver el problemas de la deuda, el del combustible, y para conseguirlo están dispuestos a hacer lo que haga falta. Incluso están dispuestos a renunciar al viaje, al destino, para disponer de gasolina. Los franceses se han dado cuenta, como se dieron entonces y han dicho “hasta aquí hemos llegado”. Aquí en España, aquí en Valladolid, hay niños que van a clase sin desayunar, que se quedan sin actividades extraescolares porque no se las pueden pagar, hombres con larga experiencia laboral en los comedores sociales, mujeres con estudios otra vez confinadas al hogar y contenedores de basura registrados a diario…  ¿Qué estamos haciendo?

domingo, 6 de mayo de 2012

Los políticos son unos privilegiados


Efectivamente, yo creo que la mayoría de las personas que se dedican a la política son unas privilegiadas. La política es una actividad trascendente y voluntaria en la que a nadie se obliga a participar. Además, el mero hecho de hacer algo que gusta mucho ya representa un privilegio. Sin embargo, lo que seguramente quieren significar los que usan esta expresión de forma lapidaria es más bien que “los que viven de la política son unos aprovechados”, que son cosas bien distintas y que sería bueno matizar para no caer en la comodidad de la generalización: “Los empresarios son...”, “los obispos son…”, “los jueces son…”, “los sindicalistas son…”… y así con todo.

Para empezar habrá que aclarar quiénes son “los que viven de la política” ¿Cabría concebir en esta categoría a todos los trabajadores de las Cortes, parlamentos, diputaciones, ayuntamientos y demás instituciones de carácter político?, ¿Son susceptibles de incluirse los magistrados y empleados del tribunal constitucional?, ¿Y quiénes elaboran el censo electoral o los periodistas que cubren u opinan sobre la actualidad política? En buena lógica, cabe suponer que esos que usan la expresión de forma lapidaria están pensando más bien en los cargos públicos, en los altos cargos, en los asesores, y especialmente en sus sueldos. De esta forma dejaríamos al margen a todos los militantes y cargos orgánicos de partidos políticos y a la inmensa mayoría de los concejales y alcaldes de los 8.116 ayuntamientos que hay en este país que o bien realizan sus funciones de forma altruista o bien perciben una cantidad simbólica por su labor, es decir, son “políticos” pero no viven de la política.

Vayamos ahora con los “aprovechados”. Serían aquellos que sacan partido de unas circunstancias en beneficio propio. Léase que se ganan el pan sin merecerlo. Esto nos lleva sobre todo al debate sobre los cargos de libre designación y a los sueldos. A mí me parece un abuso intolerable que con dinero público y por decisión particular se pague a personas para hacer funciones opacas o cuya utilidad no está justificada. Respecto a los sueldos estoy a favor de que se establezcan unos baremos según la responsabilidad y que no puedan ponerse “a la carta”. Creo que es justo que esas remuneraciones sean similares a las de los funcionarios de más alto rango de las instituciones siempre y cuando al mismo tiempo se obligue a una transparencia total de las cuentas y operaciones públicas y se endurezcan las leyes para castigar la corrupción, el cohecho, la prevaricación y el tráfico de influencias

Por lo demás y por lo general, trabajar con gente preparada, participar de la toma de decisiones que afectan (se pretende que de forma positiva) a los miembros de tu comunidad y poder aportar ideas a un programa para encaminar a la sociedad hacia los valores en los que crees, es sin duda un inmenso privilegio, o al menos así me lo parece a mí.

jueves, 5 de abril de 2012

Prevenir y curar

La mayoría de las mañanas Marta (8 años) y su hermano Jorge (6) acuden al colegio sin desayunar. No van bien en clase y últimamente se les nota mucho que lo están pasando mal con su hermano mayor (18), enganchado a las drogas. Su crisis comenzó antes de nacer, pero no lo saben, quizás nunca lo sepan, no han conocido otra cosa que la dificultad. Les sostiene su madre, que alterna un trabajo temporal precario por las noches. Es una mujer rendida, sin futuro, frustrada por el pasado, a la defensiva y siempre acompañada por el fantasma de la depresión. Sin más familia que sus hijos.

Para empezar no son una familia, piensan algunos; si al menos hubiera un padre para guiar la casa, si la madre espabilara y se buscase un trabajo mejor y si el mayor se centrara y arrimase el hombro... Esos algunos, o muchos, son los que primero auditan con ligereza los antecedentes familiares, después esclarecen con sagacidad las negativas variables personales que determinaron, he aquí, las equivocadas decisiones, que, dando por prácticamente conocidas o supuestas las circunstancias, les permiten finalmente sin dudas juzgar en dos direcciones: o declarando inocentes a los menores y estigmatizados a los adultos (y por analogía todo lo que tenga que ver con ellos) porque así de triste es la vida pero al fin y al cabo pone a cada uno en su lugar, o victimizando a todos porque la vida es en realidad una auténtica mierda si no fuera porque existe, claro está, la caridad humana.

Otros piensan sencillamente que estas personas conviven en nuestra sociedad. Que nuestros hijos comparten clase y trabajos, que coincidimos en el rellano de la escalera, en el supermercado o nos cruzamos en el paso de peatones. Que sostenemos el estado con nuestros impuestos para que puedan tener oportunidades. Son la educación, la salud, el empleo y los servicios sociales. Son los profesores de esos niños, los médicos y profesionales de atención sanitaria, los buenos empresarios, los formadores y orientadores laborales, como los trabajadores sociales, pero también como los policías, los jueces, los fiscales y quienes piensan las leyes. Claro, los políticos. Estos otros piensan que pagamos impuestos para curar, pero sobre todo para prevenir.

jueves, 22 de marzo de 2012

La unión hace la fuerza ¿No?

Dicen que la unión hace la fuerza, que un colectivo unido jamás es vencido; en política se apela con frecuencia a la unidad y al cierre de filas. Por algo será. Sin embargo, a juzgar por nuestro comportamiento como ciudadanos, esta tendencia a agruparse parece haber decaído frente al individualismo con el paso de los siglos y de los años hasta el punto de que es apreciable esta evolución en el transcurso de la vida de una sola persona o de una misma organización.

En cuanto tiene oportunidad el hombre parece preferir la soledad, la comodidad de la independencia y el lujo de la exclusividad. El compartir es no poseer, el ceder es perder, el convivir es soportar. Mucho esfuerzo y mucho que aguantar: mejor no. La unión llega más bien por la conciencia de debilidad, es decir, por necesidad y por tanto queda para los necesitados. ¿A este punto hemos llegado?

De esta manera el patrimonio público tiende a la orfandad. No es mío mi rellano, ni la rampa de mi garaje, tampoco mi ascensor. Son de la “comunidad”. No son de nadie las calles ni las plazas, ni las escuelas ni los hospitales. Resultan tan ajenas y tan virtuales las propiedades comunes, pongamos que hablo de “La Junta”, que no parece nuestro, aunque lo sea. Tan nuestro como el poder de cambiarlo si no olvidamos lo que dicen, eso de que la unión hace la fuerza.

lunes, 19 de marzo de 2012

Francisco Javier León de la Riva, doctor en propaganda

Si hiciésemos una encuesta a pie de calle sobre la gestión del alcalde de Valladolid y preguntáramos al ciudadano: “¿Cree que el Palacio de la Imagen ha sido una buena inversión para la ciudad?” Es más que probable que una mayoría respondiera afirmativamente, cuando dicho palacio no existe ni tampoco está en proyecto. Esto podría bastar para comprobar la gran eficacia de la política propagandística practicada por D. Javier durante 17 años.

Hace unos días el veterano regidor se quedó más ancho que largo al sentenciar que como alcalde siempre ha cumplido lo que ha prometido. Es tan larga la lista de proyectos prometidos y olvidados, presentados con maquetas o por ordenador, que debería caérsele la cara de vergüenza por decir esto, pero esa es la otra de sus dos grandes y únicas capacidades. La más importante de esas promesas por cumplir es el soterramiento de las vías del tren a su paso por la ciudad. Promesa que ha costado un riñón a las arcas públicas seguir alimentando durante 15 años y que jamás podrá cumplir.

domingo, 11 de marzo de 2012

#nimileuristas siempre empezamos más abajo

No hace falta ser historiador para saber que el ser humano ha nacido siempre invisiblemente atado a las condiciones de vida de sus padres. Al mundo no se viene resignado pero tarde o temprano se aprende. Así ha sucedido hasta hace apenas un siglo casi con la misma precisión universal que la ley de la gravedad y así sigue sucediendo hoy en día para la mayoría de los seres humanos de este planeta. Poderse librar del estigma del “quién eres” cuando naces abajo y poder transformar los frutos de tu trabajo en una mejora de esas condiciones de vida es una proeza cuyas dimensiones no valoramos en su justa medida. Haber conseguido que se regulen esas condiciones, establecer un sistema de acercamiento a la igualdad de oportunidades para todos es, sin duda, la más humana de las conquistas humanas y el sistema educativo su mayor reflejo. No olvidemos cuántas vidas y cuántas generaciones ha costado.

Una vez mejoradas las condiciones de vida de una mayoría ha dejado de hablarse de "lucha de clases". Lo colectivo ha perdido el valor que le daba la mayoría social y el individuo ha renegado de su identidad como trabajador sustituyéndola por la de “autónomo”, “emprendedor” o “empresario” y abrazándose a la más atractiva idea de la independencia y de la libertad individual, esas mismas que jamás se han podido permitir quienes en definitiva han dependido de su trabajo para vivir. En esa acomodación ha arraigado tanto la autosuficiencia que, increíblemente, estamos promoviendo el cuestionamiento de la gestión de nuestro propio patrimonio: lo público.

Una de las claves de esta transformación ideológica de los trabajadores es el abrazo de la meritocracia. Una vez que tuvieron la oportunidad, nuestros propios padres hipotecaron sus ilusiones de mejora en nuestra formación convencidos de que sería el salvoconducto para alcanzar el sueño de elegir nuestro destino y llegar hasta donde nos lo propusiéramos. Solicitamos becas, nos especializamos, viajamos como nunca antes y aprendimos idiomas. Qué privilegio haber subido en ese ascensor, qué experiencia haber sentido su elevación, pero qué contrariedad abrir las puertas dos pisos más abajo. Nadie nos advirtió de que pueden movernos el edificio. Pueden hacerlo.

No es el valor de la formación sino el del patrimonio el que perpetúa las desigualdades. De las manos de quienes no necesitan trabajar para vivir a las manos de sus hijos se transfieren directamente las grandes oportunidades. ¿Cómo transfiero mi capital laboral, formativo e intelectual a las manos de mis hijos para que tengan algunas? Esas fichas no valen en este casino. Los trabajadores siempre empezamos más abajo.

domingo, 29 de enero de 2012

Espejito espejito

Todavía siento extrañeza cuando alguien se dirige a mí como “político”. Aunque con distintos matices, ese tono con el que te hablan es fácil de detectar tanto en las personas más cercanas que conocen esta faceta de tu vida, como en quienes acabas de conocer y sólo tienen esa referencia de ti. Dicho así parece que lo de darse por aludido es algo natural que ya se pasará con el tiempo, pero en realidad es que no quiero darme por aludido. Me resisto a verme pegado a esa especie de etiqueta de “político” aún entendiendo que durante un tiempo no me vaya a quedar otra opción, al menos hasta que deje de ocupar el cargo de concejal del ayuntamiento de Valladolid para el que fui elegido hace ahora ocho meses. Porque aunque sigo diciendo que políticos somos todos, en esta ocasión me refiero sólo a los que podríamos llamar “profesionales”.

Desvelar tu cargo desbarata las mejores conversaciones. Que se conozca tu vinculación política aborta interesantísimas reflexiones, esas que se elaboran sin prejuicios, desde la pedagogía y el reconocimiento de los argumentos del otro por convencimiento espontáneo. Porque en la mayoría de los casos, si te calan se acabó, y el “político”, casi siempre tratado con respeto, pasa a ser visto como un presunto culpable: de distorsionar la realidad por interés, de manipular las palabras, de vender motos, de aspirar a dejar de ser un trabajador más para subir cuatro escalones de golpe en esa abstracta escalera de la distinción social.

En mi caso, si hay algo que me permite no verme tentado de vestir ese traje digamos de “profesional” de la política (que, dicho sea de paso, tan digno es como el que más y para mí el que más), es el hecho de hacerlo con dedicación parcial. Porque poder dedicarse a lo que entusiasma siempre es un privilegio, y así lo vivo yo, pero hacerlo sin perder el contacto con tu realidad profesional, sin dejarse atrapar por el enorme magnetismo de la política, supone para mí, hoy por hoy, un gran valor añadido y quiero pensar que me permite contrastar las cosas desde dentro y desde fuera. La ilusión de creer que esto es así realmente es la que me hace vivir esta experiencia con mentalidad de investigador. Intuyo que ha de ser apasionante poder dedicarle a la política todo tu tiempo, pero también peligroso porque si no se hila muy fino puede convertirte en un adicto, a perder vista y oído, y caer enfermo dependiente.

Por eso creo que es importante reconocerse en el espejo cada día y estoy contento de hacerlo, por el momento. Cada mañana sigo viendo al mismo indignado políticamente comprometido, al mismo “ingenuo” convencido de que hablando se puede entender la gente, a ese que no cree que su partido lo haga siempre todo bien y que el oponente lo haga todo siempre mal, al que te puede dar la razón si la llevas, al que no te suelta un sermón si eres de los que no vota porque está hasta las pelotas del sistema y al que no se enfada si le juzgas de antemano por saber que anda metido en “política”. Ya os contaré.