miércoles 25 de noviembre de 2009

De la naturaleza de la actividad política

No sería justo achacar sólo a la crisis el arraigo que en el seno de la sociedad tiene la idea de que la actividad política es una profesión en toda regla, y además una profesión muy lucrativa. Durante largos años hemos ido conociendo variopintos ejemplos de políticos que parecen haber interpretado esta noble DEDICACIÓN precisamente como eso, una carrera profesional. En muchos casos incluso planificada a largo plazo, hasta donde quepa hacerse. Todo ello dejando a un lado los casos demostrados de corrupción y también otras llamativas decisiones amparadas en la legalidad como generosas retribuciones autoadjudicadas, curiosas dietas y gastos a cuenta del erario público de todo pelaje y condición que encuentran siempre encuentran acomodo en algún tipo de asiento contable más o menos ambiguo.

Quizás resulte ingenuo, sea demasiado tarde y muy mal momento para promover campaña a favor de convencer a los ciudadanos de que su creencia responde a una generalización excesiva y que la política es en efecto lo que debe ser. Por eso es preferible trasladar la cuestión al otro lado y sondear si son los propios políticos quienes tienen asumida su condición de trabajadores a tiempo “más que completo” al servicio de la res pública pero sólo hasta “fin de obra”.

Mientras no dispongamos de una referencia legal que garantice una transparencia total de las gestiones, una retribución acorde a la entidad de las decisiones que deben tomarse en cada institución y cargo y unas penas equiparables al grado de responsabilidad que se tiene, mal andamos.

viernes 30 de octubre de 2009

¿Quién sabe la respuesta?

Llevo unas semanas dándole vueltas a cómo expresar unas cuantas ideas sobre el momento político que estamos viviendo, y cómo hacerlo sin caer en el tópico ni en la desazón. Se juntan tantas noticias de crisis, de corrupción y de luchas de poder en tan poco tiempo, que por momentos parece que nos econtremos en la antesala de alguna revolución. Trataré de ser concreto pues, y también polémico, con una pregunta. Es la única forma de generar debate ¿No?


La pregunta es: ¿Hasta qué punto somos conscientes de la necesidad de reestructurar nuestro mensaje político para dar respuesta eficaz a pensamientos y estados de ánimo ciudadanos como puedan ser los siguientes?:

"La poítica genera más problemas de los que resuelve"
"Casi todos los políticos son iguales, sean del partido que sean. Sólo buscan adeptos para alcanzar o perpetuar el poder"
"De los políticos no puede esperarse debate, sólo bronca"
"La mayoría de los políticos tienen un precio"
"La izquierda no representa claramente a los trabajadores"
"La derecha no es sinónimo de franquismo"
"los sindicatos funciona igual que los partidos políticos, y ambos se financian de forma opaca"
"La Iglesia tiene derecho a participar en política"
"No todos los empresarios son unos explotadores"
"Demasiados funcionarios son cómodos e improductivos"
"La justicia es muy lenta y no se puede confiar en ella"
"La macroeconomía es incomprensible y se utiliza estadísticamente con fines partidistas"
"Los medios de comunicación buscan el negocio, no la verdad"
"Muchas ayudas sociales se conceden a personas que no las merecen"
"El urbanismo y la corrupción van de la mano"
"Hay demasiados gastos en cargos, protocolo y actos"
"El tema de la guerra civil cansa, términó hace 70 años"
"Necesitamos un sistema educativo más competitivo"
"No nos atienden rápido en los hospitales"
"Pagamos más impuestos pero no se ven los resultados"
"Primero los españoles, luego los extranjeros"
"Los inmigrantes generan delincuencia"
"El Estado margina a los trabajadores autónomos"
"Siempre habrá ricos y pobres y nadie lo podría impedir"
"Al empleo público se accede a menudo por tráfico de influencias"
"Los afiliados a los partidos políticos son "borregos" o aspirantes a políticos"
"Los bancos son los grandes dominadores del sistema"
"No sabemos qué se hace en el parlamento europeo"
"No sabemos exactamente para qué sirven las diputaciones"

martes 29 de septiembre de 2009

Se busca Jefe de obra

No corren buenos tiempos para la política ni para los políticos. Precisamente por eso es el momento de las grandes políticas y de los grandes políticos. España ha pasado del superávit al déficit en sólo un año y muchos españoles están pagando en sus carnes los efectos de una crisis, que en algunos casos se explicará por las carencias estructurales de nuestro sistema productivo, pero que en otros se deben en gran parte a las decisiones que esas personas han tomado.

Este es el caso de muchos jóvenes que abandonaron sus estudios obligatorios antes de tiempo seducidos por la posibilidad de obtener ingresos trabajando en la construcción. Muchos de ellos se encontraron pronto adaptados a un trabajo que sólo requería de unas buenas dosis de entrega físicay que a menudo les reportaba altos ingresos extra al margen de sus escuálidas nóminas. Eso les animó a solicitar créditos (que les fueron concedidos) y a mantener un ritmo de vida por encima de sus posibilidades objetivas de mantenerlo a medio plazo. De esta forma se sintieron satisfechos y privilegiados por haber tomado una decisión que había transformado sus vidas y les había permitido dar el salto a la vida adulta sin vivir el trauma de algunos coetáneos. Ahora, se encuentran sin trabajo, atados a unos gastos fijos para los próximos 25 años, con la necesidad forzosa de habituarse al consumo racional, sin formación, en el mejor de los casos cobrando una prestación por desempleo con arreglo a su base de cotización real, sin plan B, impacientes y bramando contra los responsables políticos de un Estado que no entienden y les maltrata.

Y vuelvo al principio. si ya es difícil para cualquier gobierno explicar al pueblo las decisiones que se toma "por su bienestar", ¿Cómo hacer pedagogía con las situaciones derivadas de una mala orientación acadñemica y profesional?, ¿Cabe algo más que recurrir al tópico de evidenciar la importancia de de la educación en la formación de nuestros ciudadanos?

Nuestro país ha tenido que verse obligado por la necesidad para afrontar seriamente la reforma estructural del mercado laboral. No cabe la alusión al ajuste presupuestario, ni a la negociación de responsabilidades tpor competencias territoriales, ni a la globalización económica. Para ser competitivos necesitamos más flexibilidad, diversificar los sectores, más productividad, máxima calidad de los productos, y sobre todo una actitud consensuada de compromiso social. Sí. Es la hora de las grandes políticas y de los grandes políticos.

viernes 4 de septiembre de 2009

Diálogo y crispación

El término “crispación” ya ha perdido su original sentido. Se ha banalizado tanto su uso en el contexto político que por desgracia resulta ineficaz emplearlo en el seno de cualquier argumentación. Ante este desgaste nos vemos en la obligación de buscar otra forma de llamar a este fenómeno, a la espera de que al dejar de emplearlo se rehabilite. La demostración más evidente de esta realidad se encuentra en los propios ciudadanos, que ya asumen que el debate político y la crispación vienen a ser sinónimos. La consecuencia evidente, al margen del desprestigio social de la actividad política, es la lenta asimilación de que la dialéctica o la discusión, incluso sobre asuntos de la máxima importancia como los derechos civiles, sólo genera un ruidoso problema.

Esta visión de la política como actividad conflictiva e inútil y el interés por parte de algunas fuerzas sociales de que así se perciba por parte del pueblo no necesita de explicación alguna, claro está, pues son inacabables los ejemplos históricos que la ilustran. El problema está en que al cansarse de la “crispación” y pedir entendimiento y diálogo a los políticos, la ciudadanía asume inconscientemente el riesgo de perder la sensibilidad ante el debate, a quedarse sin ganas de participar en una sana, legítima y necesaria confrontación ideológica en aras de la búsqueda de soluciones justas a las muchas necesidades de la sociedad.

En este contexto triunfa la desidia o lo que se ha dado en llamar la “desafección política” que se manifiesta en el uso de la generalización absoluta: “son todos iguales”, “van a lo suyo” y en el aumento de la abstención. La vacuna contra este letal efecto para la democracia hay que buscarla prioritariamente en la responsabilidad de los políticos cada vez que abren la boca. Por suerte es mucho el interés mediático que sigue despertando lo que tengan que decir, a pesar de la feroz competencia con los asuntos que verdaderamente mueven a las masas, como el deporte o lo “rosa”.

Ángel Gabilondo es actualmente el mejor valedor del debate frente a la crispación. Su lenguaje es claramente empático con la calle y por eso se nota pronto que no es un político “profesional”. Desentona porque la gran mayoría de los políticos profesionales hace lo mismo que la mayoría de los futbolistas profesionales, emplear el lenguaje tópico en cada momento tópico, y en política el tópico es meterse con el adversario político a la mínima ocasión, ponerlo en evidencia a la menor excusa y compararse con él para hacer notar la diferencia. Se ponen las ideas del oponente como sujeto u objeto directo de las frases, en vez de colocar en ese lugar los problemas de las personas. Así, se habla más de España que de los españoles y cuando se menciona a los españoles es para hablar en su nombre. Se eluden responsabilidades en los problemas y se busca protagonismo en los fastos. No encontraréis al ministro de Educación en ese juego.

domingo 9 de agosto de 2009

Manual de ignominia (1ª edición)

Hasta cierto punto es comprensible que al PP se le acumule la ansiedad tras cinco años en la oposición si tenemos en cuenta su incapacidad histórica para asumir con naturalidad esta condición democrática, fácil de concebir de forma transitoria. Dos elecciones generales con sendas derrotas consecutivas, división interna con asuntos de calado como la red de espionaje en Madrid, los casos de corrupción urbanística o la trama Gürtel. Todo ello frente a un gobierno remodelado hace seis meses, que capea como puede una crisis económica sin precedentes y que precisa trabajar de lo lindo en el congreso para pactar una a una todas las iniciativas y reformas legislativas. Una cámara, dicho sea de paso, en la que los conservadores no albergan ninguna esperanza de plantear alianzas políticas que alumbren una moción de censura, quedando casi tres años de legislatura... Sí, en efecto es comprensible la ansiedad, pero en sí misma, sin canalizar adecuadamente, no sirve para nada. ¿O piensa el PP que sí?

El equipo jurídico dirigido por Federico Trillo, cansado de sudar la gota gorda para defenderse ha decidido cambiar de estrategia como sea. Como jurista y político es conocedor de la influencia que el ministerio ejerce sobre algunas de las instancias judiciales, especialmente la Fiscalía General del Estado, como también sabe perfectamente, aunque no lo diga, que esta influencia deriva del propio ordenamiento jurídico y también, por qué no, del legítimo empeño político. El mismo que regulaba las relaciones entre los poderes ejecutivo y judicial en la etapa del gobierno en la que al letrado Trillo su partido sólo le daba la cartera de Defensa.

Quizás asesorada por él, María Dolores de Cospedal, abogada del Estado de vacaciones, ha acusado al gobierno de pervertir el uso de algunos de los instrumentos más sensibles del Estado de derecho al servicio de sus intereses políticos, e implícitamente a éstos, de prestarse a ello. Pero no ha formulado esta acusación en los tribunales sino ante los medios de comunicación, y lo que es peor, partiendo de la presunción de culpabilidad ha retado al gobierno a demostrar su inocencia. Respondiendo a la anterior pregunta, me temo que es mucho pensar que el PP no piense que en efecto sirva para algo poner sobre la mesa un asunto de este calado. Y no le faltan argumentos, aunque estén, como están, hechos en la fábrica de la zafiedad. Las cuentas les dicen: Ganamos cortina de humo informativa sobre asuntos turbios que nos afectan y ocupan las portadas semana tras semana, sembramos dudas sobre la honorabilidad de ZP y damos su ración de inquina a nuestros votantes más fieles. Perdemos... está por ver.
El Estado, encarnado en sus altos funcionarios y sus juecesdeben, desde la obligación ética de sus cargos, defender a los españoles con rotundidad de este intento de descrédito de sus instituciones y demostrar sin género de dudas la fortaleza real y la transparencia de nuestro sistema democrático. Si esto no se consigue se estará sentando un precedente muy peligroso, ya no porque pueda crear escuela de “estrategia política para cruzar líneas rojas con éxito”, pues gran parte de la población ya da por hecho que éste es el libro de cabecera de todos los políticos, sino porque el pueblo encontrará legitimidad de sobra para dudar de todo, y eso conlleva que la pueda cuestionarse si en efecto detenta la soberanía o sólo lo parece.

domingo 26 de julio de 2009

Abra la boca, señor alcalde

Es probable que la mayoría de los ciudadanos que acude habitualmente a votar cuando hay elecciones municipales no sepa lo que es una recusación y también es posible que buena parte de ellos se encuentren estos días de vacaciones o "desconectados" de la realidad local, pero la decisión del grupo municipal socialista de recusar al alcalde en el asunto "Valdechivillas" tiene un valor político muy significativo que no va a pasar inadvertido. Por primera vez en muchos años la opinión pública vallisoletana, aburrida de las polémicas de su alcalde, puede verse estimulada en un sentido opuesto al habitual. Acostumbrados como hemos estado a que el trabajo serio de la oposición en tantos y tantos asuntos haya quedado reducido a anécdota una vez despachado por el regidor, comprobamos ahora cómo cambian las tornas.

Cuando alguien reviste su estilo del color de la absoluta superioridad y lo hace desde el éxito, en este caso a golpe de mayorías electorales consecutivas, genera a su alrededor una corte de seguidores que sin complejos se apuntan como partidarios a quien lo hace posible. Sin embargo y a pesar de ello, a nadie le gustan los chulos. Se les aplaude si son de los nuestros, se les justifica por sus victorias, pero en el fondo... Esa fácil idolatría al triunfador puede parecer interminable, pero en realidad dura lo que dure el éxito. Apostar por Eddy Merckx debía ser muy fácil porque concebía la competición como la aniquilación de los rivales, pero a buen seguro que no todos sus seguidores llorarían cuando Luis Ocaña lo batió.

A muchos ciudadanos de Valladolid votantes de León de la Riva les puede pasar eso mismo, justo lo mismo que a algunos hinchas madridistas cuando aplaudieron al barcelonista Ronaldinho tras una exhibición de juego y actitud en el Bernabéu, que se rindan a la evidencia. Llueve sobre mojado para este alcalde, que se ve sin paraguas y con goteras en la unidad interna de su grupo, sumido en una inédita impotencia que despierta la expectación de todos. ¿Podrá digerir este plato? ¿Podrá incorporarlo a su dieta política para seguir cultivándose el mito sabiendo que es uno de tantos que le quedan? A estas alturas don Javier sí debería saber algo a ciencia cierta: El equipo de Óscar Puente va a seguir cocinando sin descanso con la materia prima que el alcalde deja, que es mucha. Le van a obligar a poner los cubiertos, a bajar los pies de la mesa, a recoger el pan si se le cae al suelo y a barrer las migas después, para recordarle que esa mesa y esa comida de la que tan alegremente dispone no son suyas, sino de Valladolid. De momento, tras catorce años de rabietas, exigencias y malos modo, al señor León se han atrevido por primera vez a castigarlo sin cuchara, simplemente porque se lo merece, y eso bien sabrán reconocerlo muchos de sus aficionados.

jueves 11 de junio de 2009

Evolucionar o morir

Las elecciones al parlamento europeo, por si algunos no se han dado cuenta todavía, las ha ganado la abstención, y de calle. Lo que es lo mismo, las ha perdido Europa. Todos los análisis electorales pueden ser importantes pero son secundarios. La Unión Europea vive enmarañada en una crisis institucional provocada por su propia evolución, enfocada casi en exclusiva a lo económico, superada por su propio crecimiento que no ha sabido gestionar gubernamentalmente a tiempo. Cuando se ha querido poner en marcha una constitución para todos, la piedra angular para el desarrollo cívico de más de 450 millones de personas ya era muy tarde para entenderse. Más allá del BCE Europa sigue pareciendo difusa y compleja, aunque luzca más accesible y menos vieja.

El porcentaje de participación en España ha ido apagándose conforme hemos asimilado aquello de que “ya somos europeos”. Y lo hemos asumido muy rápidamente a decir verdad. Sabemos que las distancias con los alemanes y los franceses, con los ingleses o los italianos no son las de hace años, y ya consideramos que podemos darnos el lujo de tomarnos Europa a la ligera, como hacen muchos ciudadanos en estos países vecinos, es decir, pasando de ir a votar. Máxime si el objeto ya no es recibir, sino dar. Ya estamos acostumbrados a ir a las urnas. Hace treinta años merecía la pena sólo por vivir la experiencia, pero ahora... A uno lo hacen ir al colegio un domingo para cualquier cosa oiga.

Y yo me pregunto ¿Qué porcentaje de españoles sabe la diferencia entre diputados y senadores?, ¿Cuántos desconocen que a un alcalde lo votan los concejales y no los ciudadanos?, ¿A cuántas personas les queda claro lo que son las “competencias autonómicas”?, etc. Y entonces continúo: ¿Sabemos qué es exactamente la Comisión Europea?, ¿El Parlamento está en Bruselas o en Estrasburgo? o ¿Cada cuántos años se elige a los europarlamentarios? Es imposible valorar lo que se desconoce. ¿Hasta qué índices ha de bajar la participación para cuestionar la legitimidad del sistema?

No hacemos pedagogía social. Empleamos el término, aludimos a su importancia, pero no lo practicamos. Una sociedad democrática con una alta implicación ciudadana en su gestión asegura la propia democracia porque no se deja engañar, porque no cede derechos y porque vigila de cerca a sus representantes. Sin pedagogía no hay participación y sin ella triunfa lo cómodo, lo directo, la derecha. Es difícil hacer entender a la gente que el camino más corto entre dos puntos a veces no es la línea recta y a la Internacional Socialista no debería olvidársele la importancia de explicarlo. Recrearnos en nuestra historia y nuestros valores no nos hará ser más fuertes ante los desafíos de hoy y de mañana. Como siempre, evolucionar o morir.