miércoles, 7 de marzo de 2007

1. ¿ Se puede evitar hacer política ?

No cabe duda de que la política nos es consustancial como seres humanos. Nos resulta imposible despojarnos de nuestra condición de políticos en potencia. Esta "atadura" no es más que el resultado de nuestra disposición natural a vivir en sociedad. Terribles son las consecuencias de privar al hombre de su libertad para el ejercicio político: revoluciones, guerras, huelgas, etc. Pero más allá de esta predisposición filogenética está la capacidad personal de decisión para encauzarla hacia una acción política más elaborada o reglada en el marco de su sociedad. Es decir, no podemos elegir si ser o no ser políticos, pero sí podemos elegir si participar de la actividad política más o menos organizada que nos ofrece nuestro actual Estado de derecho o no.

Por desgracia, esta decisión no depende sólo de la simple voluntad de cada cual, sino que está condicionada por distintos factores predisponentes, entre los que destacan dos a mi modo de ver: la educación y la necesidad. La educación en la medida que la política está basada en el dominio general del lenguaje, en la formación específica en determinados en campos de conocimiento, y en la capacidad aprendida para relacionar estos conocimientos con unas determinadas circunstancias sociales a través de un análisis contextual y bajo unas determinadas referencias o valores. Por su parte, la necesidad, por cuanto la persona, aún careciendo de ningún tipo de educación, es capaz de movilizarse con pasión para satisfacer sus necesidades enfrentándose al sistema que toque con más o menos riesgos (incluso para su vida). Por consiguiente, las personas menos formadas y además muy satisfechas respecto a sus demandas hacia el Estado representan el prototipo de ciudadanos que anestesian o acceden a anestesiar sus facultades políticas, quedando dispuestos a ser empleadas en beneficio propio si es perentorio. La comodidad de no tener que pensar en los demás, si es bien cultivada se vende después como un objetivo a lograr en la vida: No tener vecinos, no esperar colas, servicios exclusivos, privilegios, etc.

Seguramente (espero) todos estemos de acuerdo en que sería ideal que se nos educase para ser actores políticos, comprometidos con la evolución constante de nuestra comunidad con independencia del enfoque que adoptásemos, pero no se trata de abrir un debate sobre la educación. Se trata de ver si las personas que hemos podido disfrutar de una educación y hemos desarrollado un compromiso personal hacia la justicia social, estamos en disposición de promover una forma de acción política más abierta por cuanto participativa y desde luego más allá del voto.

Pero ¿Tenemos margen de maniobra? El acceso a los cargos públicos en nuestro sistema ha quedado monopolizado por los partidos políticos (Y gracias. En USA además te exigen ser rico). Por tanto, la capacidad para representar a los ciudadanos desde el buen conocimiento de sus necesidades e intereses reales queda hipotecada a que el funcionamiento interno y la sensibilidad de una organización política sea la adecuada, reconozca cauces y en consecuencia defina perfiles al tiempo que promueva sistemas de selección claros y objetivos. Lo que resulta evidente es que conviene pertenecer a alguno de estos partidos para tener verdaderas posibilidades de llegar a tomar las decisiones que la gente espera. En otras palabras: del partido dependen gran parte de las aspiraciones de que una voz, que posiblemente sea también la de otras personas, se tenga en cuenta. Desde este punto de vista, parece claro que no depende sólo de echarle ganas, y en buena lógica podría decirse que la iniciativa a la dedicación política está revestida de una enorme ingenuidad en la mayoría de los casos.

En nuestro país, a pesar de su juventud, los ciudadanos ya conocen nuestro sistema. Incluso algunos ya han tenido tiempo para cansarse de él, para advertir sus limitaciones y para dejar de valorar lo que costó su puesta en funcionamiento. La realidad es que la gente se ha familiarizado con la democracia, con los partidos y con sus actores del mismo modo que con la llegada de la Tv nos hemos ido acostumbrando a la publicidad. La realidad es que muchos ciudadanos no son capaces de reconocer distintos productos políticos aunque lo intenten, otros ni siquiera lo intentan porque están desengañados con el producto político en general , otros porque no ofrecen nuevas versiones de estos productos, porque caen con facilidad en la publicidad engañosa, porque en el fondo no hay competencia...

Es una realidad que el interés popular en la política decae y eso hace aún más ingenua la idea de hablar, de analizar, de dedicarse a la política activa. ¿Es demasiado alarmista preguntarse cuánto le queda al modelo actual? Voy más allá de la escasa participación en la aprobación de los estatutos de autonomía o de la constitución europea. O los partidos apuestan decididamente por un modelo más participativo, basado en la educación cívica, la responsabilidad y protagonismo del ciudadano o estaremos hablando de un estado de desconfianza general que puede bloquear el sistema en beneficio de los intereses particulares (al que más pueda). Bajo mi punto de vista el enfoque ha de ser necesariamente municipal. Vecinos comprometidos con sus problemas, que toman decisiones. El estado empieza en los ayuntamientos, y lo sabemos.