lunes, 12 de marzo de 2007

3. ¿ Qué retos políticos hay ?

Hace pocas fechas que el veterano Santiago Carrillo advertía de uno de los grandes peligros que acecha a nuestra democracia: el desinterés de los jóvenes por los asuntos políticos. Sin duda se estaba refiriendo a los grandes asuntos políticos, porque de los asuntos cotidianos se siguen preocupando y mucho. Acabó la dictadura, se han ido consiguiendo derechos y poco a poco parece que no hay motivos para movilizarse. Sólo quedan los motivos particulares. Esta realidad no tiene por qué ser negativa, máxime cuando esos motivos particulares son compartidos en esencia por muchas personas, sean o no jóvenes. Me estoy refiriendo al acceso a la vivienda o al primer empleo, a las pensiones mínimas, al endeudamiento de las familias, a los servicios públicos básicos en las poblaciones de nueva creación, a la conciliación de la vida familiar y laboral, la violencia de género, y tantos otros temas.

De lo que estoy seguro, por mucho que algunas encuestas así lo indiquen, es de que para la gran mayoría de los españoles el terrorismo no es ni de lejos lo que más preocupa. Más bien es lo que a algunos más les preocupa que nos preocupe a los españoles. Eso sólo inquieta seriamente a una minoría dada la trascendencia de su significado en un estado de derecho. Por contra casi todos nosotros pagamos alguna hipoteca, consumimos combustible, hacemos la compra, viajamos, pagamos impuestos y tenemos problemas en nuestra convivencia diaria con otras personas e instituciones públicas o privadas. Todos estos asuntos constituyen las preocupaciones de muchas personas que se declaran apolíticas o que al menos no consideran que la política pueda resolver “sus” problemas cotidianos.

Cada uno tiene su escala de valores. Por ejemplo, Guantánamo representa una nueva versión de los campos de concentración para quienes estiman y defienden los derechos humanos, pero es algo lejano y ajeno para muchas personas. Por otra parte, la despoblación de algunos municipios de Castilla y León es preocupante para mí y también lo es para el resto de los vecinos. ¿Qué quiere decir esto? Que las preocupaciones que nos unen son cercanas y por tanto la posibilidad de movilización política (aunque sea personal, como ciudadanos que defienden sus derechos) es más factible en torno a cuestiones concretas ante los que nos sentimos identificados como colectivo, generalmente como perjudicados.

Cuando esas encuestas a las que antes me refería reflejan que una de las principales preocupaciones de la gente es la inmigración, entendemos que se debe a un cambio social que los medios de comunicación difunden con profusión, pero ¿Cuál es exactamente la preocupación? Si sólo nos preocupa lo que afecta a nuestras vidas, y más concretamente lo que perjudica nuestro nivel de vida, el hecho de que manifestemos que nos preocupe el fenómeno de la inmigración es porque deja entrever que nos sentimos amenazados. Sentimos miedo de lo que la inmigración nos puede deparar. ¿Cómo podemos solucionarlo? Me refiero al miedo, no a la llegada de inmigrantes.

Si hiciéramos una encuesta entre la ciudadanía para comprobar qué ideas o conceptos se asocian con los políticos seguramente saldrían algunas como: reuniones, debates, mitin, enfrentamiento, manifestaciones, congreso, corrupción, partidos, urbanismo... ¿Qué hay de la solución de los problemas como el miedo a la inmigración? Los políticos deben hacer su trabajo, deben reunirse y defender las ideas que se les suponen porque la gente les ha designado para ello, pero la gente no percibe que estén trabajando para resolver sus problemas. Sí, se juntan y hablan o discuten pero ¿Y qué? Hay dos opciones, aparte de cargar contra ellos: La primera es asumir que debemos ser los propios ciudadanos los que defendamos nuestros derechos y legítimas pretensiones al margen de la actuación de nuestros representantes. La segunda es abandonarnos a nuestra suerte siendo representados por los que hay (los que “toca”, dicen algunos) y buscarnos la vida por nuestra cuenta, lo cuál suele ser más fácil si disponemos de medios económicos, claro. Cada uno que tome partido, pero las decisiones políticas no pueden quedar como el único amparo de quien depende del sistema público para vivir y no puede permitirse su propio sistema privado para satisfacer sus necesidades. Sin solidaridad no puede haber justicia social, por tanto habrá que trabajar para que las diferencias entre los pueblos no sigan creciendo exponencialmente, condenando a la mayoría a vivir a la sombra de la minoría privilegiada.