miércoles, 14 de marzo de 2007

4. ¿ Cuáles son los límites para hacer política ?

A menudo se oye la queja de algunos políticos que echan en cara a los adversarios el uso de “armas” que no están permitidas. Se habla de leyes no escritas o de un código deontológico para referirse al conjunto de comportamientos que constituyen las normas del “juego democrático”. Sin embargo sabemos que para hacer política no es necesario acatar la democracia ni defender sus principios, e incluso se puede estar al margen de la ley (como la ley de partidos). Sin ir más lejos este es uno de los caballos de batalla con Batasuna y que nos va a traer de cabeza las próximas semanas. El sistema puede ilegalizar su actividad, pero no puede eliminarla ni ocultar su existencia, ni su aliento social. Batasuna y otras organizaciones abertzales promueven una reivindicación, que además de otras cosas es también política, y lo han hecho usando los cauces políticos establecidos formalmente, aparte de otros que todos conocemos. Estamos hablando pues de un límite legal que no soluciona una realidad. La salida sensata en democracia siempre debe primar el uso de la palabra por encima de la lucha policial, dentro de los límites que fija el estado de derecho y que como sabemos no son inalterables.

Hay otro tipo de límites menos contundentes. Son los límites éticos, más difusos al no estar sujetos “a real decreto”. Aquellos cuya violación no significa ilegalidad alguna pero cuyos efectos emocionales son semejantes o peores, pues a ellos hay que unir generalmente la impunidad del trasgresor. Me estoy refiriendo a la descalificación personal, el incumplimiento de pactos políticos, la deslealtad a los poderes del estado, la revelación de información que habitualmente debe permanecer en la trastienda de cara a la opinión pública, etc. Por seguir con el ejemplo de la política antiterrorista, hay que indicar que a lo largo de nuestra corta trayectoria democrática ha sido elaborada concienzudamente desde el consenso debido a las circunstancias tan hostiles que se han vivido. Se ha dado por hecho en este país que es la responsabilidad de todos los demócratas el cerrar filas en torno a esta política del estado, que no es sólo la del partido al que toque gobernar, y al que corresponde su dirección. Así lo refleja claramente un pacto antiterrorista que ha volado por los aires hace tiempo y que precisa el concurso del resto de fuerzas que componen la cámara. Desvelar estrategias supone desnudar intenciones ante las organizaciones terroristas, del mismo modo que mostrar discrepancia pública respecto a las medidas a tomar conlleva debilitamiento del estado y esto es hacer un favor a los enemigos de la democracia.

La presencia de dos escenarios, uno público y el otro discreto (como diría Imaz) es consustancial y más en estos casos, y debe entenderse este hecho con la mayor de la naturalidad. Hay estrategias, acuerdos y desencuentros que no ven la luz, que sólo conocen en profundidad los más allegados a los asuntos tratados y que sólo intuyen los analistas más sagaces, o que finalmente son planteados en tiempo y forma pertinentes según las circunstancias. Los resultados de esa política de trastienda son los ejes por los que transcurre después la puesta en escena ante la opinión pública, es decir, ante los medios de comunicación. Los acuerdos adoptados detrás del telón deben siempre prevalecer una vez que éste se levanta. Cuando eso no ocurre aparece la desconfianza. Porque entre rivales políticos debe haber confianza. La propia de quienes desde distintas posturas persiguen un fin común: defender los intereses de los ciudadanos con unos principios fundamentales a defender, los del propio estado de derecho.

Los ciudadanos suelen juzgar lo que ven, y no con tanta facilidad como algunos se piensan juzgan lo que se le cuenta. Muy pocos dirigentes pueden convencer al pueblo sólo dando su palabra de que dicen la verdad. Cualquier político es un mentiroso potencial para la gente. Por eso hay que presentar pruebas. Cuando un partido acusa a otro de faltar a sus compromisos o de no tener palabra es mejor que aluda a cuestiones públicas, porque las discretas quedarán a la libre interpretación de cada cual y generalmente sólo servirá para reforzar las creencias iniciales de unos y otros. Abrir un debate sobre eso significa perder el tiempo, porque a la ciudadanía le cansa mucho escuchar algaradas sobre las que no conoce todos los detalles.

Al final los límites son los de uno mismo. Es una cuestión de coherencia con los principios. Sin duda debe ser duro secundar lealmente la política de tu gobierno en una materia de estado cuando no estás del todo de acuerdo en cómo está llevando las cosas. Sin embargo, obviar el trato discreto de esas diferencias de criterio para dirimirlas en el espacio público es hacer un favor a quienes van contra el estado. Por ello, el patriotismo del que se hace gala en ocasiones se demuestra mejor por quien es leal que por quien es beligerante con el gobierno, que al fin y al cabo, guste más o menos, es el gobierno de todos, como siempre ha sucedido hasta ahora.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Los límites de la política no existen para casi ningún político, pues los encontrarían allí donde no les dieran réditos a favor. Entiendase esta afirmación en los verdaderos intereses que demuestran nuestros políticos profesionales, primero poder personal (elevación insostenible del ego por encima de todos, incluidos los de su propio partido), segundo poder económico, derivado en sus dos vertientes: a) la derivada de las "posibilidades" abiertas del poder personal amarrado y b) la derivada de la "lealtad al jefe" por encima de toda discrpancia; ambas derivan en entrega de dividendos y el tercero, el "status quo"; cuando otros políticos profeionales ya te someten y te apartan de la dirección, apoyar lo sostenido durante tanto tiempo cual herencia, y dormir en la butaca con el iluso sueño de la continuación de tu legado.
Parece poco optimista esta reflexión, cierto, aunque guardo para esta parte final la referencia a aquellos que todavía creen en la "rex pública" en las "formas democráticas" y en la voluntad de cambiar la sociedad con su tiempo y su gente. Pocos hay ciertamente, aunque amigo Pedro, tú eres uno de estos "rara avis" del mercado político.
Porque qué es la vida sin ilusión?

Pedro Herrero dijo...

Desconozco tu identidad pero gracias por tu comentario. Me ha llamado mucho la atención la clasificación que estableces entre el poder personal y económico. Supongo que algunas de las variables que los modulan son la autoestima y la cantidad de pan con la que hayas venido al mundo debajo del brazo respectivamente. Entristece pensar que los políticos precisan pertenecer a un status socioeconómico alto para poder dedicarse a la actividad. Es lo que sucede en Estados Unidos, donde se promocionan los candidatos (y no me refiero sólo a la Casa Blanca ni mucho menos) en función de los apoyos comerciales con que cuentan. En otras palabras, están en manos de quienes financian sus campañas... y no a cambio de nada. No es un pensamiento pesimista, sino muy halagüeño, por desgracia.

En cuanto al contenido específico del componente personal del poder (el que más me llama la atención) siempre me ha llamado la atención la frialdad con la que muchos políticos encajan las críticas o las preguntas insidiosas. Estoy pensando en Eduardo Zaplana. ¿Bajo ese bronceado mantiene la humana capacidad de ruborizarse? Supongo que los rayos UVA que recibe le dotan de una capa especial que permite que todo le resbale. ¿Pueden las nuevas escuelas de gobernabilidad anular los sentimientos del ser humano que es el político y formar autómatas especializados en el cuerpo a cuerpo con los medios de comunicación y la opinión pública? Es evidente que el poder debe generar unas agradables dosis de autoestima, por eso cuesta tanto abandonarlo cuando llega la hora. Joaquín Leguina es uno de esos políticos cuya autoestima no depende de estar en el candelero político y cuyas capacidades intelectuales y literarias despejan dudas sobre su libertad para opinar y actuar, al margen de lo acuerdo que se pueda estar con todas y cada una de sus posturas.
- Pedro