sábado, 7 de julio de 2007

El final de los principios

A algunas personas entregadas a la política les cuesta entender que ésta es una dedicación y no una profesión. Ha de ser maravilloso poder dedicarse a algo que a uno le apasiona, pero ¿Quién marca el fin de la dedicación? Para algunos son los ciudadanos, para otros los compañeros de partido y para otros ellos mismos. Pero ¿Qué indicadores objetivos habría que considerar? En el caso de los ciudadanos los resultados de las elecciones, en el caso de los compañeros cuando te retiran su apoyo y en el último caso... cuando se te acaban los argumentos.

Pero a algunos nunca se les acaban los argumentos. Aunque pierdan elecciones, aunque reciban serias críticas, siempre tienen motivos para seguir donde están. Esgrimen con mayor o menor pudor, pero siempre con picardía, la interesante teoría de los “derechos adquiridos”, como dice un amigo. No se trata de una cuestión ideológica, sino personal. No es un hecho achacable a ningún partido ni corriente, sino a un tipo de personas. Personas que han pasado a considerarse imprescindibles porque interpretan que la legitimidad democrática con la que fueron designados para detentar su responsabilidad es un cheque en blanco que no precisa renovaciones ni actualizaciones.

Esta clase de políticos suele presentar características que les hacen reconocibles en poco tiempo.

- Viven acomplejados: Se toman las críticas a nivel personal, creen que se les está despreciando cuando no se comparte su opinión, destacan siempre su esfuerzo y dedicación.
- Procuran rodearse de una corte: Para esconder sus limitaciones, nutriéndose del trabajo de otros a cambio de favores, pidiendo lealtad al colectivo. Desarrollan alergia a la autocrítica.
- Pensamiento único: Primero yo y luego yo. Los que no piensan como yo es porque son unos egoistas que sólo quieren quitarme del medio para ponerse ellos.
- Disimulo: Memorizando los tópicos dialécticos del mundo político, cada uno para un momento.