miércoles, 26 de septiembre de 2007

Allá en el rancho grande

Se ha hecho público el contenido de las conversaciones entre Bush y Aznar que sentaron las bases del apoyo español a la invasión de Irak. Soy de esas personas que muchas veces se pregunta ¿De qué hablarán este tipo de personas en esos encuentros? ¿Serán diálogos de alto nivel, tipo secretos de Estado... o algo así? Qué decepción. Aunque, bien pensado, teniendo en cuenta quiénes son los interlocutores quizás no se podría esperar más, pero se debe. Siempre se debe esperar más de personas con tanto poder y que tienen en sus manos asuntos que conciernen a la seguridad de naciones enteras (incluyendo las de sus compatriotas, es decir, nosotros mismos). El tópico de que están rodeados de asesores, de expertos que orientan este tipo de decisiones ¿Será cierto? Y en el caso de que así sea ¿Les hacen más caso que otros?

Voy a evitar entrar en la relación entre esa decisión de Aznar y los atentados de Madrid. Establecer ese tipo de análisis se les ha dado muy bien a algunas personas pero para buscar las causas de una derrota electoral. Cuando nuestro presidente acudió a la cita en el Rancho de Crawford, cuando el acento de la zona ya había hecho mella en él, entendí la diferencia entre que el favor te lo pida el presidente de USA y otro. Me di cuenta de que cuando se apostaba por que España estuviera en primera línea internacional, en realidad se apostaba por que Aznar disfrutara de las vistas que desde esa hipotética atalaya del poder mundial pudiera tener como invitado. Porque al fin y al cabo sólo podía ser un invitado. ¿Creyó que era el salto? Entonces pensé: Encontrarán las armas, porque si no las hay, las pondrán y dirán que las han encontrado... pero no. Nada de nada. ¿Y si las hubieran “encontrado”? Aznar hubiera reclamado su derecho a dejar de ser invitado en ese palco. No en el nombre de España, pues era consciente de tener en contra a la opinión pública, sino en el suyo, como pedazo (de trozo) de hombre de Estado, como visionario, como auténtico líder. ¿Os imagináis? Capaz de callar las bocas críticas de casi todo un país al demostrarse que llevaba razón, que hizo lo que tenía que hacer sin pensar en nada más, con valentía, casi como fruto de una iluminación. La revelación definitiva de que ese presidente “sin carisma” era en realidad un ser superior. Al menos de la talla de George W. Bush (...). Y nosotros sin saberlo.


Quizás aún no nos hayamos dado cuenta de su valía a pesar del detalle de que no han encontrado las armas, pero muestras de su capacidad, a decir verdad, no podemos decir que no esté dejando desde que abandonó Moncloa. Porque no lo olvidemos, él no perdió las elecciones ¿O nadie nota en su rostro que asienta en eso parte de su autoestima política? La verdad, siento tratar con tanta ironía un asunto tan serio.