miércoles, 3 de octubre de 2007

La abuela Julia


Ha sido una persona íntegra y sin doblez, que se ha ido como vivió, sin hacer ruido (...). Tenemos la responsabilidad de transmitir a nuestros hijos lo que ella nos enseñó con su ejemplo. Gracias a ella tengo la convicción de que la sencillez, la discreción y la generosidad son valores fundamentales. Ha sido bondadosa, apegada a sus principios y sobre todo al sentido común. Firme en sus determinaciones y paciente, teniendo muy claro que siempre hay que estar del lado del más débil. Una cosa es pensarlo y recordarla con admiración, y otra muy distinta llevarlo a cabo. No os quepa duda de que si nos empeñamos, aunque sólo sea un poco en seguir sus pasos, estaremos haciendo del mundo un lugar más humano.

Ha fallecido mi abuela. Lo ha hecho en casa y habiéndose negado a padecer su agonía en el hospital, donde se empeñaban en hacerle pruebas y más pruebas buscando el origen de unos síntomas que apuntaban claramente, sin necesidad de juicio clínico, al final de una vida. ¿Qué tiene esto que ver con los temas que en este blog trato? Tiene que ver en el sentido de que todos deberíamos tener reconocido nuestro derecho a morir dignamente y a que no se nos alargue la vida innecesariamente si esa es nuestra voluntad. Para mí es una cuestión humanitaria y de dignidad de la persona. Espero que se legisle en este sentido lo antes posible. Y no lo digo por mi abuela (o mi abuelo en su día), sino por mí mismo, porque, quién sabe cuándo puede llegar un momento así.

Por lo demás, al terminar la ceremonia del funeral le dedicamos unas palabras de despedida que hacían referencia a su forma de afrontar la vida, a sus valores, de las cuáles he extraído el encabezamiento de esta entrada.