miércoles, 18 de marzo de 2009

Crisis de estadistas

En estos tiempos de crisis de ánimo colectivo la imagen pública de la clase política se resiente sin remedio. En época de vacas gordas pocos son los que se acuerdan de los políticos y simplemente toleran su presencia como un mal necesario, pero cuando llegan las flacas se convierten en objetivo prioritario de críticas generalizadas, a veces muy justificadas. Los que se empeñan en hablar en nombre de los ciudadanos, los guardianes de sus derechos, los defensores de las causas más justas se convierten en charlatanes privilegiados que viven a costa de los impuestos del pueblo. Pasa siempre. Es lo que los sociólogos denominan la “desafección política” y que se traduce en altas tasas de abstención en las citas electorales. Veremos lo que pasa en las europeas.

En el caso de la administración autonómica, y especialmente en el de Castilla y León, este clima de aversión se traduce en un mensaje muy claro: la España autonómica es un fracaso porque es un despilfarro y porque no ayuda a prevenir situaciones como la que estamos atravesando, complica la vida de la gente, sólo sirve para que los políticos discutan hasta dónde llegan sus competencias, sus responsabilidades. Muchos ciudadanos ven que entre unos y otros, su casa, sus problemas cotidianos, quedan sin barrer.

Es un error pensar que este fenómeno pasa factura a los partidos en el poder y da oxígeno a los que opositan. Es algo que degrada la credibilidad del sistema, la confianza de los ciudadanos en el Estado. Exige de altas cotas de responsabilidad en los dirigentes y no pocas dosis de pedagogía política. Por algo será que siempre acabo hablando de esto. La especulación, la estrategia del desgaste no vale. Cuando Rajoy dice que el gobierno apenas aguantará seis meses con la minoría parlamentaria que tiene ¿En qué está pensando? ¿Piensa en España? ¿Piensa en ofrecer algún pacto de Estado al ejecutivo? Me temo que no, y es bueno acordarse de lo que hizo ZP cuando estaba al frente de la oposición: lealtad, ideas y pactos. Eso le llevó a la Moncloa.