domingo, 24 de mayo de 2009

Otra cara, no otra mejilla

Un político es bueno o malo según atesore unas habilidades que definen básicamente su labor, sumando aquellas que posee de forma innata y las que ha adquirido como fruto del aprendizaje y el entrenamiento, pero más allá de ellas, la talla de su valía queda sencillamente a merced del momento político. Así, el estilo de un candidato se adapta mejor o peor a las circunstancias sociales concretas que toque vivir en cada momento, salvo que el político en cuestión tenga una gran capacidad de adaptación o dramatización, lo cual resulta extraordinario.

Para ilustrar esta idea se pueden comparar “estilos” y momentos de acceso al poder. De esta manera el efecto “salvador” de Obama quizás hubiera fracasado si USA no hubiera estado sumida en una crisis económica histórica y su rival político no se presentara a la reelección; son dos factores que lo cambian todo. Qué decir de Aznar que sólo pudo con González tras 14 años y una crisis económica que sólo podía presagiar un fin de ciclo. Lo mismo se puede decir de Zapatero, el talante frente al sustituto de emergencia de un Aznar siempre enfadado, transformado por el poder y responsable de situar a España en una peligrosa encrucijada internacional que derivó en el 11-M.

Traslademos esto a los tiempos que vivimos. Podemos estar en la antesala de un cambio o no. Eso depende en gran medida del rol de Zapatero. En su primera legislatura se consolidó como bálsamo contra la crispación, su optimismo unido a la bonanza económica y la ausencia de conflictos sociales le granjeó fama de dialogante. Pero. Su antigua fortaleza es ahora percibida como debilidad. Donde había mano izquierda ahora hay bajada de pantalones, donde había sonrisas ahora hay poses, el optimismo es ingenuidad y donde se percibía aplomo ahora se ve indolencia o lo que es peor, incompetencia.

Si el presidente es capaz de ofrecer otra cara la gente volverá a confiar en él. Una imagen de vigor y determinación: de puñetazo en la mesa para acompañar a los mismos argumentos, pero poderosos y directos. España no está para escuchar. Está para mensajes cortos y contundentes. La confianza se vende muy cara y Patxi López conoce la fórmula del éxito. El presidente tiene la gran oportunidad de liquidar la etapa postaznarista y forzar al PP a una evolución, así como sentar las bases para acometer los grandes retos del PSOE: Madrid, Valencia... y Valladolid.