viernes, 4 de septiembre de 2009

Diálogo y crispación

El término “crispación” ya ha perdido su original sentido. Se ha banalizado tanto su uso en el contexto político que por desgracia resulta ineficaz emplearlo en el seno de cualquier argumentación. Ante este desgaste nos vemos en la obligación de buscar otra forma de llamar a este fenómeno, a la espera de que al dejar de emplearlo se rehabilite. La demostración más evidente de esta realidad se encuentra en los propios ciudadanos, que ya asumen que el debate político y la crispación vienen a ser sinónimos. La consecuencia evidente, al margen del desprestigio social de la actividad política, es la lenta asimilación de que la dialéctica o la discusión, incluso sobre asuntos de la máxima importancia como los derechos civiles, sólo genera un ruidoso problema.

Esta visión de la política como actividad conflictiva e inútil y el interés por parte de algunas fuerzas sociales de que así se perciba por parte del pueblo no necesita de explicación alguna, claro está, pues son inacabables los ejemplos históricos que la ilustran. El problema está en que al cansarse de la “crispación” y pedir entendimiento y diálogo a los políticos, la ciudadanía asume inconscientemente el riesgo de perder la sensibilidad ante el debate, a quedarse sin ganas de participar en una sana, legítima y necesaria confrontación ideológica en aras de la búsqueda de soluciones justas a las muchas necesidades de la sociedad.

En este contexto triunfa la desidia o lo que se ha dado en llamar la “desafección política” que se manifiesta en el uso de la generalización absoluta: “son todos iguales”, “van a lo suyo” y en el aumento de la abstención. La vacuna contra este letal efecto para la democracia hay que buscarla prioritariamente en la responsabilidad de los políticos cada vez que abren la boca. Por suerte es mucho el interés mediático que sigue despertando lo que tengan que decir, a pesar de la feroz competencia con los asuntos que verdaderamente mueven a las masas, como el deporte o lo “rosa”.

Ángel Gabilondo es actualmente el mejor valedor del debate frente a la crispación. Su lenguaje es claramente empático con la calle y por eso se nota pronto que no es un político “profesional”. Desentona porque la gran mayoría de los políticos profesionales hace lo mismo que la mayoría de los futbolistas profesionales, emplear el lenguaje tópico en cada momento tópico, y en política el tópico es meterse con el adversario político a la mínima ocasión, ponerlo en evidencia a la menor excusa y compararse con él para hacer notar la diferencia. Se ponen las ideas del oponente como sujeto u objeto directo de las frases, en vez de colocar en ese lugar los problemas de las personas. Así, se habla más de España que de los españoles y cuando se menciona a los españoles es para hablar en su nombre. Se eluden responsabilidades en los problemas y se busca protagonismo en los fastos. No encontraréis al ministro de Educación en ese juego.

2 comentarios:

CARPE DIEM dijo...

Por suerte hay gente capaz de hacer otro tipo de política y capaz de encandilar con el lenguaje y el sosiego, la elegancia y el saber, diciendo sin decir.
Estos personajes, hacen que sientas que aún merece la pena creer en la política y en quienes nos representan, al menos en alguno.

Alberto dijo...

Pues tienes toda la razón, Pedro. El problema es que la gente tampoco cree que esto tenga una solución a corto plazo (y me incluyo). A pesar de que como bien dices hay gente como este Ángel Gabilondo (al que nunca he oído hablar pero creo en lo que dices) y otros que practican esa politica útil y no la que se lleva ahora, excesivamente crispada. Creo que se está removiendo demasiada "mierda" del pasado y pienso que en el presente se está utilizando excesivamente la táctica de echar balones fuera por parte de uno y otro bando. Creo que tenemos ejemplos clarísimos de esto hoy en día sobre los cuáles no merece la pena hacer ningún comentario, pues ya ocupan demasiado espacio en los medios.

Un saludete...