viernes, 14 de mayo de 2010

La otra crisis

Para la mayoría de los ciudadanos la administración de justicia representa un ente elevado digno del máximo respeto, pero del que desconfían en alguna medida por lo incomprensible o desconcertante que resulta su funcionamiento. Las sentencias que causan más atracción mediática suelen abonar el terreno para este recelo ciudadano, ya sea por lo pintorescas que puedan sonar o por lo injustas que puedan sonar a los profanos oídos de la gran opinión pública. También contribuyen al desprestigio judicial algunos políticos, que respetan pero no comparten, que entienden pero no acatan, que deben acatar sus resoluciones y no lo hacen cuando no les conviene. Hasta aquí nada extraordinario en un estado de derecho en el que muy pocas veces el estupor popular supera un nivel mínimo y habitual. El efecto entre la ciudadanía que puede causar la escena de Baltasar Garzón abandonando la Audiencia entre lágrimas y abrazos de sus compañeros trasciende con mucho ese límite y deja el asunto a otro nivel, por si alguien aún dudaba de que lo estuviera.

El status del caso Garzón supera a aquel en el que es preciso ser jurista para tener una opinión fundada y se filtra en el terreno de los grandes asuntos de estado, para el que millones de personas estamos configuradas de serie para sentirnos afectados por representar Garzón lo que representa. No estamos ante una disquisición técnica sino ante ese olor a carcoma que hace que sintamos amenazados los pilares de nuestro sistema de derechos y libertades.

Como cualquier ámbito de la vida, la justicia está interpretada por personas y queda así sometida a sus pulsiones: A la entrega, la colaboración, la empatía, pero también a la competitividad, el celo y la envidia. A menudo se habla de la actitud para separar lo profesional de lo personal, pero quizás sea más realista hablar de aptitud, porque la experiencia demuestra que hay personas incapaces de sintonizar esa frecuencia y las consecuencias de su incapacidad pueden afectar a la confianza de millones de personas. Mientras sigamos a la espera de confirmar la existencia de Dios, son los jueces quienes intentan impartir justicia y todo esto, por muy indignante que pueda parecer, no nos debe hacer dudar de que así seguirá siendo, al menos casi siempre.