jueves, 6 de octubre de 2011

En defensa laboral propia


La inmersión en la crisis ha roto el sueño de cientos de miles de trabajadores que con una baja cualificación profesional habían alcanzado un alto poder adquisitivo. El desplome de su nivel de vida ha sido directamente proporcional a su indignación, pero su indignación no ha pasado, en una mayoría de los casos, de un simple estado de ánimo. No ha trascendido en una reflexión sobre la vulnerabilidad social y su relación con la educación.

Las personas de más de 45 o 50 años sin una formación básica y/o con amplia experiencia en sectores sin futuro o muy transformados por la tecnología sólo tienen una salida: el reciclaje profesional. Sin embargo presentan una resistencia al cambio tan grande, que les puede impedir emprender una nueva etapa de su vida. Sostengo que este fenómeno tiene poco que ver con la personalidad de cada cual y que tiene sin embargo una raíz profundamente ideológica.

Haberse sentido capaz de producir, cotizar y rendir a un alto nivel y pasar a no tener ni un resquicio de oportunidad puede convertirse en un final. Haberse sentido muy útiles, rentables, necesarios o imprescindibles y ahora verse reducidos a escombros del sistema es algo muy difícil de asumir; sobre todo cuando uno ya se había hecho ilusiones. Una cosa es decirlo y otra vivirlo.

La educación reglada es clave, pero la formación profesional debe ser definitivamente identificada con una oportunidad permanente para la empleabilidad a lo largo de toda la vida, y estamos muy lejos de conseguirlo. Por eso me preocupa mucho que el sistema nacional de las cualificaciones profesionales no sea capaz de contribuir positivamente a que los trabajadores confíen en sí mismos y aprendan a combatir su vulnerabilidad.