viernes, 28 de octubre de 2011

León de la deriva

El alcalde ha decidido subir los impuestos municipales para 2012 un 3%, el doble de lo que se prevé que suban los salarios. No se trata de ninguna medida especial contra la crisis ni tampoco es una novedad. Es una costumbre. De hecho, a lo largo de las cinco legislaturas que lleva en el poder, no ha bajado los impuestos nunca. Ni lo hizo cuando la economía crecía con fuerza, ni lo hace tampoco ahora que muchas familias y empresas de nuestra ciudad pasan por serios aprietos. Así ha sido y así es su política, la del “piñón fijo”, que no parece propia de un gobernante que dicen que tiene fama de “buen gestor”. Menos aún en estos tiempos difíciles, que ofrecen una oportunidad inmejorable a los buenos administradores para desplegar toda su audacia política y poner en evidencia a los que no lo son. Porque gobernar a base de gastar mucho dinero, como durante los tiempos del ladrillo, ayuda a cultivar una fama, pero no tiene ciencia. Por tanto, que el alcalde esté desaprovechando la mejor oportunidad posible para impartirnos una clase magistral de gestión sólo puede explicarse de una forma: de “buen gestor” no tiene nada.

Sobre lo que sí ha sentado cátedra en estos años nuestro regidor es sobre incoherencia, porque uno de los principios económicos fundamentales del Partido Popular es precisamente el de bajar los impuestos. Es más, dicen que hay que bajarlos para crear empleo, que desde luego suena a gloria bendita y que aseguran que es milagroso en cualquier situación económica. Por eso siempre lo defienden con tanto ardor, pero… sólo cuando están en la oposición. En el fondo ellos saben, como cualquier ciudadano sensato, que es imposible, como norma general, rebajar los impuestos sin rebajar al mismo tiempo la calidad de los servicios públicos y las prestaciones sociales. Si fuese viable el PP lo estaría poniendo en práctica allí donde gobierna y desde luego en Valladolid, donde podrían llevar 17 años presumiendo de aplicarla. Sin embargo aquí llevamos mucho tiempo con el piloto automático.

Ha sido el piloto automático el que nos ha traído hasta aquí. El mismo que un ejercicio tras otro ha calculado los impuestos del año siguiente aplicando la variación del índice de precios al consumo (IPC) del mes de agosto. Un mismo sistema empleado año tras año, todos los años… menos para uno. Qué cosas. El IPC de agosto de 2009 bajó 8 décimas y por tanto correspondía aplicar esa bajada a los impuestos de 2010, pero entonces León de la Riva desconectó el piloto automático y gracias a su mayoría absoluta decidió congelarlos. Esto, que toda la vida se ha llamado “hacer trampas”, para él significa que “el ayuntamiento de Valladolid es un referente nacional de gestión económica porque no improvisa”.

Sólo una gestión económica que fuese verdaderamente eficaz, transparente y sensible permitiría, y sólo de forma excepcional, aliviar los bolsillos de los contribuyentes en tiempos de crisis sin mermar la calidad de los servicios públicos. Eficaz, porque gastara siempre con austeridad e invirtiera sólo en aquellos proyectos que generasen empleo. Transparente, porque transmitiera confianza a los ciudadanos y se dejara ayudar por ellos facilitando su participación. Sensible, porque aplicase un sistema tributario justo y progresivo que obligara a cada cual según su nivel de renta y porque no exigiera a nadie un esfuerzo que la propia administración no estuviese realizando también. Sin embargo ese no es ni por asomo el caso de Valladolid.

En julio de 2008 Javier León anunció que el Ayuntamiento entraba en una “economía de guerra”. Tardó poco en recurrir al manual económico del PP para desentenderse de su responsabilidad como gestor y dedicó sus energías a Madrid: “la culpa de todo es de Zapatero”. Al mismo tiempo no se dispuso a hacer nada distinto de lo que hubiera hecho exactamente cualquier hijo de vecino en su lugar: intentar aumentar los ingresos y reducir los gastos. La primera ayuda no tuvo que pedirla, le llegó precisamente del gobierno de España, que puso 90 millones de euros del Plan E encima de la mesa para que el alcalde los invirtiera en lo que estimara necesario. La segunda sí la tuvo que pedir, a los bancos, de los que obtuvo otros 120 millones. A eso se añaden las subidas de impuestos, de tasas, de precios públicos y el aumento de la recaudación de multas. Con ese dinero ¿Qué grandes proyectos impulsó para activar la economía? ¿Líneas de ayuda a desempleados, incentivos a proyectos empresariales, el soterramiento, el coche eléctrico, un palacio de congresos...?

Para potenciar la economía de la ciudad apostó por la plaza del Milenio, el puente de Santa Teresa, el túnel de la avenida de Salamanca o por la reforma del paseo de Zorrilla, entre otras cosas. Proyectos al más puro estilo de la casa, es decir, bonitos pero de escasa utilidad. ¿Y cuántos puestos de trabajo consiguió crear con estos proyectos? Ninguno, pero ¿Alguien se extraña? La obsesión de León de la Riva siempre ha sido el adorno, la pompa, la apariencia, y lo único que ahora le sigue importando de verdad es eso. Lo que toca ahora es que en Valladolid parezca que nos sobra. Prefiere una ciudad de escaparate, para paseantes y turistas antes que para nuestros jóvenes, emprendedores y empresarios. Vaya lujo. Ya no estamos para permitirnos uno de los alcaldes mejor pagados de España y tenerlo a la deriva.