jueves, 12 de enero de 2012

Indefensión y desconfianza

Se palpa el miedo. Tras cuatro años de crisis el miedo ha arraigado por fuerza entre la ciudadanía. Quienes no tienen empleo temen que su situación se enquiste, quienes lo tienen temen su pérdida y quienes lo tienen “asegurado” temen un cambio a peor de sus condiciones. Trabajadores autónomos y empresarios que han tenido que liquidar sus proyectos temen no poder reciclarse, otros temen tener que cerrar o recortar plantilla, los emprendedores temen cumplir el vaticinio de que serán una generación perdida, los estudiantes temen por su futuro, los padres por el de sus hijos, y así. Miedo por doquier.

El miedo es un acicate natural para el ser humano que desencadena reacciones naturales de defensa y superación en la mayoría de las ocasiones, por eso dicen que las crisis son oportunidades, pero también emanan depresión. Cuando la persona siente que la mejora depende de sí misma es más fácil que se produzca esa movilización, pero cuando siente que depende de factores completamente ajenos es más proclive a la indefensión. Sentir que estás en manos de la divina providencia, que da igual si has invertido mucho en formarte o en alcanzar la excelencia en tu trabajo o administrar con racionalidad tus bienes porque al final dependes de "los mercados" es lo mismo que sentirse engañado. ¿Por quién? Pongan a los políticos a encabezar la lista.

Si un Estado como el nuestro, democrático, de derecho y del bienestar no es capaz de inspirar la confianza suficiente a la sociedad, de proteger a los que atraviesen dificultades cuando lo necesiten y de ofrecer garantías razonables de igualdad de oportunidades a cada ciudadano por el hecho de ser ciudadano, éste se pregunta para qué sirve el Estado. Para qué las administraciones públicas, para qué su voto, para qué manifestarse, para qué la democracia. Esta es la base del pensamiento conservador, el miedo y la desconfianza, que ahora, campan a sus anchas por las calles, por las casas, por los parlamentos y ayuntamientos.