domingo, 11 de marzo de 2012

#nimileuristas siempre empezamos más abajo

No hace falta ser historiador para saber que el ser humano ha nacido siempre invisiblemente atado a las condiciones de vida de sus padres. Al mundo no se viene resignado pero tarde o temprano se aprende. Así ha sucedido hasta hace apenas un siglo casi con la misma precisión universal que la ley de la gravedad y así sigue sucediendo hoy en día para la mayoría de los seres humanos de este planeta. Poderse librar del estigma del “quién eres” cuando naces abajo y poder transformar los frutos de tu trabajo en una mejora de esas condiciones de vida es una proeza cuyas dimensiones no valoramos en su justa medida. Haber conseguido que se regulen esas condiciones, establecer un sistema de acercamiento a la igualdad de oportunidades para todos es, sin duda, la más humana de las conquistas humanas y el sistema educativo su mayor reflejo. No olvidemos cuántas vidas y cuántas generaciones ha costado.

Una vez mejoradas las condiciones de vida de una mayoría ha dejado de hablarse de "lucha de clases". Lo colectivo ha perdido el valor que le daba la mayoría social y el individuo ha renegado de su identidad como trabajador sustituyéndola por la de “autónomo”, “emprendedor” o “empresario” y abrazándose a la más atractiva idea de la independencia y de la libertad individual, esas mismas que jamás se han podido permitir quienes en definitiva han dependido de su trabajo para vivir. En esa acomodación ha arraigado tanto la autosuficiencia que, increíblemente, estamos promoviendo el cuestionamiento de la gestión de nuestro propio patrimonio: lo público.

Una de las claves de esta transformación ideológica de los trabajadores es el abrazo de la meritocracia. Una vez que tuvieron la oportunidad, nuestros propios padres hipotecaron sus ilusiones de mejora en nuestra formación convencidos de que sería el salvoconducto para alcanzar el sueño de elegir nuestro destino y llegar hasta donde nos lo propusiéramos. Solicitamos becas, nos especializamos, viajamos como nunca antes y aprendimos idiomas. Qué privilegio haber subido en ese ascensor, qué experiencia haber sentido su elevación, pero qué contrariedad abrir las puertas dos pisos más abajo. Nadie nos advirtió de que pueden movernos el edificio. Pueden hacerlo.

No es el valor de la formación sino el del patrimonio el que perpetúa las desigualdades. De las manos de quienes no necesitan trabajar para vivir a las manos de sus hijos se transfieren directamente las grandes oportunidades. ¿Cómo transfiero mi capital laboral, formativo e intelectual a las manos de mis hijos para que tengan algunas? Esas fichas no valen en este casino. Los trabajadores siempre empezamos más abajo.