jueves, 5 de abril de 2012

Prevenir y curar

La mayoría de las mañanas Marta (8 años) y su hermano Jorge (6) acuden al colegio sin desayunar. No van bien en clase y últimamente se les nota mucho que lo están pasando mal con su hermano mayor (18), enganchado a las drogas. Su crisis comenzó antes de nacer, pero no lo saben, quizás nunca lo sepan, no han conocido otra cosa que la dificultad. Les sostiene su madre, que alterna un trabajo temporal precario por las noches. Es una mujer rendida, sin futuro, frustrada por el pasado, a la defensiva y siempre acompañada por el fantasma de la depresión. Sin más familia que sus hijos.

Para empezar no son una familia, piensan algunos; si al menos hubiera un padre para guiar la casa, si la madre espabilara y se buscase un trabajo mejor y si el mayor se centrara y arrimase el hombro... Esos algunos, o muchos, son los que primero auditan con ligereza los antecedentes familiares, después esclarecen con sagacidad las negativas variables personales que determinaron, he aquí, las equivocadas decisiones, que, dando por prácticamente conocidas o supuestas las circunstancias, les permiten finalmente sin dudas juzgar en dos direcciones: o declarando inocentes a los menores y estigmatizados a los adultos (y por analogía todo lo que tenga que ver con ellos) porque así de triste es la vida pero al fin y al cabo pone a cada uno en su lugar, o victimizando a todos porque la vida es en realidad una auténtica mierda si no fuera porque existe, claro está, la caridad humana.

Otros piensan sencillamente que estas personas conviven en nuestra sociedad. Que nuestros hijos comparten clase y trabajos, que coincidimos en el rellano de la escalera, en el supermercado o nos cruzamos en el paso de peatones. Que sostenemos el estado con nuestros impuestos para que puedan tener oportunidades. Son la educación, la salud, el empleo y los servicios sociales. Son los profesores de esos niños, los médicos y profesionales de atención sanitaria, los buenos empresarios, los formadores y orientadores laborales, como los trabajadores sociales, pero también como los policías, los jueces, los fiscales y quienes piensan las leyes. Claro, los políticos. Estos otros piensan que pagamos impuestos para curar, pero sobre todo para prevenir.