sábado, 4 de agosto de 2012

La indignación inútil


Últimamente parece que todo “indignado” es un intelectual y todo intelectual debería estar indignado, pero no hacen falta conocimientos ni creencias para sentirse así. El diccionario de la RAE define la indignación como Enojo, ira, o enfado vehemente” que es, por ejemplo, lo que un espectador siente cuando el árbitro de un partido olímpico de waterpolo roba un gol legal y trascendente a su selección. Es una reacción emocional común más o menos intensa y duradera que no tiene por qué estar ligada a ningún tipo de ideología sino al más primitivo sentido de la injusticia. Esa indignación se apaga tan naturalmente como surge y se diluye por compensación ante otros estímulos positivos, si bien ante ese proceso, cada cual, sin darse cuenta, plantea unas resistencias.

Por eso a la hora de gestionar estas emociones cotidianas encontramos personas con estilos casi opuestos. Desde quienes viven un permanente estado de “indignación”  por cualquier causa, a quienes parecen indolentes pase lo que pase. Desde aquellos cuyo vaso rebosa con mucha frecuencia, a quienes lo llenan sin aparente fin. Pura naturaleza humana.

Lo que no resulta tan común es transformar esa emoción en pensamiento y luego en acción pro solución. Una multa inmerecida indigna a cualquiera y puede promover actitudes dispares: desde la sonrisa resignada hasta la agresividad desmedida, pero ninguna de ellas apagará el foco de la indignación evitando que la multa se tramite. Sólo presentar un recurso puede evitarlo y cualquier otra opción es puro desahogo y supone una respuesta inútil para evitar la sanción.

A mí me pasa justo igual que a ti. Me indignan algunas actuaciones derivadas del funcionamiento del Estado, los comportamientos de algunos representantes públicos, las consecuencias de algunas decisiones de algunos gobernantes, las injusticias en general y muchísimas cosas más. Yo también acudo a algunas manifestaciones y me ayudan a sentir que no estoy solo. También me he cansado de debatir con muchas personas sobre las causas y las soluciones a estos problemas… Y un buen día llegué a una conclusión sobre cómo se solucionarían en gran parte muchos de ellos: Cambiando las leyes (al menos aquí, porque en otros lugares aún tratan de hacerlo a tiros).

No es nada fácil, pero ¿Qué puede hacer una sola persona? Puede juntarse con otros que estén de acuerdo en lo fundamental, aunque no todos piensen exactamente igual (es indiscutible que la unión hace la fuerza), puede ayudar a organizar sus actividades y así poder convencer a otros de la necesidad e importancia de luchar por la causa, puede comprometerse a velar por que esa organización dé ejemplo (lo cual será más difícil cuanto más grande sea y a menudo indigna bastante)... Eso se llama hacer política.

Si no te gusta ningún partido político, lo entiendo. Funda el tuyo. Si tienes buenas ideas no te costará encontrar seguidores. Si estás cargado de razón el grupo crecerá y si te rodeas de personas como tú podréis llegar a tomar decisiones importantes y tener la oportunidad de cambiar algunas cosas más o menos importantes para la vida de las personas, que gustarán a algunos, indignarán a otros y le importarán un rábano al resto. Salvo que vayas contra los derechos humanos siempre tendrás mi respeto y admiración; mi voto ya veremos.