jueves, 22 de noviembre de 2012

Aprender del pueblo


El deseo de los padres y las madres es el progreso de los hijos. Pocas satisfacciones más intensas hay en la vida que evaluar, dejadas atrás las obligaciones educativas más intensas, el resultado de los esfuerzos: aquello en lo que se han convertido nuestros hijos, gracias en parte a nosotros y a pesar de nosotros también. Pero ¿Cuáles son los criterios que rigen esa valoración y cuáles los valores de “progreso” que amparan a cada cuál? La historia ha ido marcando el paso de esos criterios a medida que primaban unos u otros valores. Ahora, como en otras ocasiones, toca que la historia vuelva sobre sus pasos.

Es más cómodo cargar contra los bancos y los políticos, es verdad, pero cada uno manda un poco en su casa y no es arriesgado decir que, en general,  en la última década, los españoles habíamos conseguido maquillar en buena medida nuestro complejo de inferioridad respecto a Europa y que casi con desplante lo habíamos dado por superado como quien se burla de un lejano trauma infantil. El poder adquisitivo consiguió marcar, como no podía ser de otra forma, ese listón, el de aspirante a G-8 subiendo como la espuma,  aunque sea en negro.  Lo que hiciera falta para darse el gustazo del “Y tú ¿qué miras?” a los franceses, a los italianos, a los ingleses y franceses también fuera de los campos de fútbol.

Acordémonos que hasta hace cuatro días ahorrar ya era de pobres y lo inteligente era invertir. Estudiar pasó a concebirse como un sacrificio casi desfasado, un brindis a la filosofía si a lo que se aspira es al buga de gama alta cuanto antes mejor que la vida se nos va; la regla general pasó a ser la del “usar y tirar” y nos acicalábamos en el espejismo de que los créditos se podían pagar pidiendo préstamos... Un tiempo en el que, como ahora, pero menos, pagar impuestos era de pringados. Un tiempo en el que nos olvidamos de dónde vienen nuestros padres (ellos no), y de que como hijos suyos, también tenemos allí nuestras raíces: en el pueblo, donde ni se gasta lo que no se tiene ni hay más política económica que la auténtica austeridad. En el fondo lo sabíamos, pero ¡Nunca nadie nos hizo tan agradable olvidar algo! La dulce anestesia de falso progresismo cuyo contrato firmamos como VIPs de “preferentes” y de la que nos han despertado a ostia limpia, como “bonos basura”.

Esos valores han vuelto a cotizar en nuestras escalas. A la fuerza. Como el abrigo que nos hacen sentir obligados a guardar en algún sitio por si acaso, que nunca se usa y que nos fastidia reconocer que acaba haciendo falta. Y se busca y se encuentra y nos lo ponemos. Y toca asumir que nunca seremos ni casi medio ricos, que seguiremos dependiendo del trabajo para poder dar un futuro a esos hijos y que tenemos que seguir aspirando a poder contemplarles con orgullo, dentro de muchos años sabiendo que, pase lo que tenga que pasar, han entendido lo que es el progreso de verdad y no lo van a olvidar.

2 comentarios:

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