miércoles, 17 de abril de 2013

Del cambio y la responsabilidad


Parece que todo está cambiando. Muy poco o nada tienen que ver las preocupaciones actuales de la mayoría de los ciudadanos con las que tenían hace apenas unos años. La lógica nos dice que al variar las condiciones y las normas, cambian por fuerza las necesidades y con ellas las conductas, que se adaptan para, una vez transformadas en costumbres, obrar un cambio de mentalidad. Sin embargo, hace mucho que la capacidad de adaptación humana no está sólo a merced del instinto de supervivencia, de forma que el pensamiento está hoy más influido que nunca por la memoria social.

Ahora, si bien el despertar de una parte significativa de la ciudadanía es constatable, la posibilidad de que el conjunto del pueblo asuma con responsabilidad su condición de soberano del país y de Europa, parece aún lejana y remota respectivamente, y no conviene perder de vista que cuando a ésta se accede por las bravas, por tener el estómago vacío y no necesariamente la cabeza amueblada, las consecuencias son bien distintas. Por eso es imprescindible dotar al cambio social de sentido y valor, más como evolución que como revolución.

El pueblo francés, por ejemplo, tiene asumidos los valores de la República no sólo en su identidad como nación, inculcada a cada individuo una generación tras otra, sino en su cultura política, lo que al margen de partidismos, permite al conjunto de los ciudadanos compartir unos fines de referencia. Eso, como todos sabemos, no ocurre en España, que históricamente ha sido incapaz de deshacerse del todo del absolutismo, cuyo vestigio, aunque sea estético, sigue representado la monarquía. El cambio que necesitamos, al que me refiero, afecta sin embargo del mismo modo a franceses y españoles, pues no es una cuestión nacional, sino universal, a pesar de las extremas diferencias entre algunos lugares y otros.

El funcionamiento de nuestro sistema democrático garantiza, nominalmente, derechos fundamentales, pero el bienestar aplaca la lucha por el reconocimiento de otros que están pendientes y ofrece una falsa sensación de blindaje. Delegar en los representantes es cómodo y permite que los individuos se centren sólo en sí mismos. Así, la motivación del ejecutivo es complacer a la mayoría estadística, que a cambio, puede llegar a desentenderse.

Los estudios sociológicos apuntan a que sólo un 52% de los ciudadanos con derecho a voto lo ejercería en estos momentos. ¿Está la ciudadanía dispuesta a gestionarse o al menos a poner el máximo celo en elegir y auditar a quién encomiende las grandes decisiones? ¿Está por el contrario resignada a inadmitir cualquier candidatura por falta de valor añadido? ¿A cuánta distancia está de valorar la política como actividad digna de ejercicio? No asumir que la responsabilidad debe ser de los ciudadanos, no sólo de los dirigentes políticos, tiene dos consecuencias injustas: ningunear a los primeros y sacralizar a los segundos. Absolutismo democrático comúnmente aceptado. Pura infantilización. Los gobiernos y sus miembros sólo son reflejo de la ciudadanía que les ampara. 

2 comentarios:

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