lunes, 17 de junio de 2013

La máxima de mínimos

Hay una máxima en el ejercicio de la política institucional que dicta la conveniencia de no meterse nunca con el respetable, bajo ninguna circunstancia. Sea cual sea su credo u opinión, por muy peregrina que sea su postura, descabellados sus argumentos o fea su intención, parece que si  al sujeto se le atribuye capacidad presente o futura de emitir un voto en unas elecciones, hay que tragar, y si me apuran sonreír. A tragar con lo que sea porque para eso están los políticos, parece ser, que como a los árbitros se les descuenta de sus obligaciones la de tragarse todo tipo de insultos e improperios porque sí, porque “va con el cargo” o “va con sueldo”, como dicen algunos populistas.

Acudía esta tarde a un acto vecinal, en el que he intervenido, desde el público asistente,para agradecer la labor del movimiento asociativo por difundir y concienciar a los ciudadanos sobre reivindicaciones que a menudo hacemos desde la oposición y de las que los medios de comunicación no se hacen eco que nos gustaría. Tras dicho acto una ciudadana, que me ha visto por primera vez en su vida, me echa en cara el “sueldazo” que según ella cobro a cambio de no hacer “nada” y me exige explicaciones de mi trabajo. Explicaciones que no tenía ningún interés en escuchar, como nada que saliera por mi boca, porque sabe que “mentimos” porque “todos somos iguales”. ¿Y debo sonreír? De eso nada.


No pienso forzar caras de póker ante nadie que insinúe que soy un ladrón, que no trabajo lo suficiente o que me compare con delincuentes. No dejaré pasar la oportunidad para poner a quien sea los puntos sobre las íes, salvo que sea evidente que quien me increpa no esté en su sano juicio o quiera matarme directamente. Me encanta hablar con todo el mundo, debatir, pero ha de haber unos mínimos.