sábado, 15 de marzo de 2014

La maternidad como castigo

Si el debate sobre el aborto se emponzoña es sólo porque quienes lo criminalizan ponen el máximo interés de ello. Se niegan a asumir la realidad de que nadie desea ni busca encontrarse en la situación de plantearse abortar, sea cual sea la causa.  Si las relaciones sexuales tuvieron un final indeseado hay que apechugar, por pervertir el único sentido que atribuyen al sexo. Si es por violación también, porque a lo mejor “iba provocando”. Si es por malformación lo mismo, porque es una oportunidad, una prueba de amor supremo. Es la voluntad de Dios, cuyas consecuencias, sea como sea, siempre tiene que pagar la mujer, nunca el hombre.

Quienes se afanan por educar a sus hijas (y sólo a ellas) en que repugnen la mera idea de las relaciones sexuales fuera del matrimonio y en que la masturbación conduce al infierno, imparten doctrina: El embarazo es natural e ineludible, por lo que debe ser anhelado; si no es deseado, que sea un castigo. Ahora bien, doctrina enfocada solo al prójimo, porque si a Dios se le antoja que sean sus hijas las que se queden embarazadas es momento de estudiar, en la esfera más íntima y privada, el merecimiento de una bula.


Es completamente absurdo defender la maternidad como premio y justificarla como castigo. Por ello no es mucho pedir una pizca de coherencia a la hora de confiar en la voluntad de Dios. Háganlo, pero háganlo siempre. Nada de tratarse el cáncer de pulmón por haber fumado o el melanoma por no protegerse del sol: acepten el castigo. Nada de operaciones estéticas, ni quitarse los juanetes, ni de paracetamoles para la resaca, asuman con responsabilidad la factura de ser feos y la vergüenza de haber estado de la fiesta. Háganlo y no deseen el castigo para los demás. Para eso está el perdón.