sábado, 10 de enero de 2015

Ni esperar, ni experimentar

Guste o no el año que estrenamos es año electoral y el resultado de las elecciones municipales, autonómicas y generales marcará, como pocas veces antes, el rumbo de nuestro futuro como ciudad, como comunidad autónoma y como país. Por ello, hay que transformar el desánimo, el desapego a algunas formas de hacer política y la frustración con el resultado de elecciones pasadas, en acción y decisión, sopesando bien el riesgo y el valor de elegir.

Los expertos vaticinan el fin de los poderes absolutos. Intuyen un escenario en el que la mayoría de la ciudadanía va a reivindicar su protagonismo político y una minoría hastiada se rinde y “abdica”. Un nuevo tiempo que empujará definitivamente a los representantes públicos a abandonar el “politiqueo” y ejercer su papel natural, teniendo que demostrar sin excusas su capacidad para resolver los problemas reales, con diálogo y en aras del interés general y no del particular. Un contexto muy diferente al que estamos acostumbrados en Valladolid.

Lo cierto es que, dejando a un lado las diferencias ideológicas, todo el mundo parece haber asumido ya la trascendencia de este cambio regenerador y positivo. Todo el mundo, menos el Partido Popular, como bien se aprecia en nuestro Ayuntamiento. Insensible e incapaz de comprometerse con las necesidades de la mayoría, de orientar los recursos municipales a estimular la actividad económica y crear empleo, tenemos un equipo de gobierno municipal completamente agotado y fuera de juego. La millonaria factura de su política urbanística, los escándalos de corrupción municipal y las sentencias judiciales están terminando de sacar a la luz las vergüenzas de una gestión que, como se ha demostrado, era tan reluciente por fuera como hueca por dentro.

El PP de Valladolid está absorbido en resolver dos problemas que son sólo suyos. El primero de ellos, decidir si vuelve a presentar como candidato a un alcalde que se tiene que sentar en el banquillo de los acusados, por desobediencia a la justicia, cuatro semanas antes de las elecciones. El segundo, elegir quién le sustituiría al frente de la candidatura municipal. En ambas decisiones no pintarán nada los militantes del PP, conminados a otorgar callando.

Poco nos importan a los demás, sin embargo, esos asuntos. Porque mientras los dirigentes populares reflexionan, nuestra ciudad sigue perdiendo habitantes, envejeciendo, como envejecen su flota de autobuses urbanos o su plantilla de policía local y sus jóvenes siguen emigrando en busca de oportunidades. El problema es que esos cabecillas del PP están convencidos de que sus meditaciones quitan el sueño al pueblo y que mientras estén meditando Valladolid les estará esperando el tiempo que haga falta.

Sin embargo, los vecinos y vecinas de esta ciudad no están para esperas, como tampoco para experimentos. Entre el inmovilismo que petrifica y la revolución que desmantela, está el camino firme de la evolución, que consiste en mantener lo que funciona, corregir lo mejorable y reemplazar lo inútil. Esa es la única fórmula que con seguridad permitirá que Valladolid viva eso que todos estamos de acuerdo que necesita: Un impulso vital, una dosis de energía tan trascendente o más que las de hace 40 y hace 20 años. Esa fórmula de la evolución es en la que siempre hemos creído los socialistas y para la que siempre hemos trabajado desde donde se nos haya encomendado, ya sea desde el gobierno o desde la oposición.

Por todo ello, el 24 de mayo volveremos a presentarnos a las elecciones municipales con la cabeza bien alta por el deber cumplido y con las mismas siglas de siempre. Con un candidato sensato, claro y honesto como es Óscar Puente. Con un programa de gobierno municipal realista, cultivado y curtido a pie de calle y con un equipo de hombres y mujeres, trabajadores y trabajadoras que dan lustre a la política sin pertenecer a ninguna casta. Personas como usted, que, si se han tomado la molestia de leer este artículo hasta el final es porque saben perfectamente que las cosas no se cambian con otorgar callando y que no hay fórmulas mágicas para cambiar la realidad que vivimos; que no hay otra que trabajar de otra manera para que Valladolid pueda ofrecer mañana las oportunidades que hoy niega a nuestros hijos y nietos.