martes, 11 de agosto de 2015

No, no somos especiales.

El socialismo es incompatible con el nacionalismo. Es una frase quizás demasiado sencilla para reflejar una idea compleja y sujeta a la interpretación de ambos conceptos, pero aún así la elijo como comienzo o como provocación, si se prefiere. Al fin y al cabo, mi opinión no tiene un apreciable peso mediático y apenas capacidad de influencia; como suele decirse, pues: “yo me entiendo”.

Me refiero a la situación que vive la ciudadanía catalana, como podría ser cualquier otra. Una sociedad cuya suma de sentimientos individuales es objeto permanente de valoración ajena y debate interminable, cuando de lo que se  habla es de algo casi exclusivamente económico, eso sí, “económico” en toda la dimensión social del adjetivo.
Como dirigente político, debe ser muy duro dirigirte a tus conciudadanos y decirles: “No amigos, no somos especiales”. Debe serlo tanto que resulta inconcebible. Este sería sin embargo, a mi modo de ver, el inmejorable comienzo de una relación honesta con tu pueblo, al menos si eso es lo que verdaderamente crees. Yo al menos, así lo creo. Porque tengo asumido que no soy especial. Arandino de nacimiento, vallisoletano de adopción, castellano por los cuatro costados, español y europeo, no me considero especial, aunque nadie pueda dudar, faltaría más, de mi derecho a sentirme especial si fuera el caso.

No creo que existan ciudadanos especiales. Tampoco creo que deba haberlos a ojos de la ley. Hay, eso sí, ciudadanos que viven situaciones especiales. De hecho todos somos especiales en ese sentido: nuestra salud, situación económica, lugar en el que vivamos, acontecimientos vitales, etc., nos marcan y condicionan de manera original. De esta forma, cada uno tenemos nuestras necesidades, que en la medida en que sean compartidas con otras personas deben ser objeto de atención más o menos prioritaria por parte de las Administraciones. Pero insisto, ni soy, ni somos, ni son especiales.

Labrar aspiraciones políticas, trazar estrategias políticas y elaborar mensajes políticos con el método de forjar en los destinatarios la idea de que son especiales para esperar a cambio su voto es una tentación tan provechosa, que al parecer, nunca pasará de moda. Sin embargo, ofende. Me ofende. Si mañana el presidente de mi Comunidad Autónoma o de mi país insinúa que yo, que “nosotros”, debemos tener más derechos o privilegios que “otros” porque hay una serie de supuestas razones que demuestran que los merecemos, me sentiría burdamente manipulado.
Por esa razón, porque lo saben, algunos procuran esgrimir ahora argumentos de supuesta apariencia neutra como las polémicas balanzas fiscales. Instrumentos que acaban perdiendo utilidad al servicio de la división. Porque también debe ser muy duro mirar a tus conciudadanos a los ojos y explicarles: “Damos más de lo que recibimos porque es lo justo y porque estamos convencidos de que mediante la solidaridad estamos reduciendo las desigualdades” y añadir “Tened claro que quien ocupa la situación opuesta a la nuestra se cambiaría por nosotros sin dudarlo”.

Por esa razón lamento, especialmente si es el PSC, que se caiga en la tentación de intentar contrarrestar las aspiraciones nacionalistas (ahora más llamadas secesionistas, soberanistas, independentistas) utilizando fórmulas de convivencia que aluden al “reconocimiento de hechos diferenciales”, “singularidades de identidad” y cosas similares, pues no representan sino una forma de intentar hacer ver las esquinas de una circunferencia y contribuir a alimentar y alargar en el tiempo la bonita ilusión de que “Sí, somos especiales”. No lo sois.