miércoles, 2 de diciembre de 2015

20-D: Todo o nada para el PP

En los primeros años noventa, tras una larga y tormentosa travesía que a los conservadores se les había pasado contemplando un irreversible proceso de democratización de las instituciones del Estado, al recién fundado PP no le quedaba otra que juntar en el mismo saco a liberales, democristianos y nacionalcatólicos y poner todo el esmero en modernizar el envoltorio. Aznar lo tuvo claro: o seducían al voto de centro que el PSOE se había sabido atraer tras la desaparición de UCD y CDS, o habría que volver a empezar.

Con no poca resistencia interna, tras siete años en la oposición y un fracaso electoral, cuajó la idea del “viaje al centro” de la derecha, que si acabó siendo interiorizada por el electorado fue por el incalculable efecto catalizador de un gobierno socialista fundido. Una vez en el poder, la sintonía entre el discurso y la gestión de centro le duró al PP lo que tardó en terminar la legislatura, justo el tiempo en el que tuvo que gobernar en minoría trabajándose el apoyo de los nacionalistas. El premio que por ello recibió de los votantes, la mayoría absoluta, supuso sin embargo el comienzo del fin de la mesura popular.

No pocos han sido desde entonces los esfuerzos de una mitad del PP frente a la otra por volver a presentarse ante la ciudadanía como un partido templado, si bien derivan todos de un solo acontecimiento: la designación de Rajoy como sucesor. Una decisión que, teniendo en cuenta el perfil bajo del ungido, delató ese propósito de retomar la senda de la centralidad ante la probable pérdida de la mayoría absoluta. Una trasmisión fallida, concebida con la arrogancia de quien con apenas tres puntos de ventaja en las encuestas acude a las urnas sin oler siquiera la posibilidad cierta, como fue, de quedar en la oposición y destetado. Un tiro en el pie cuya cojera aún soslaya casi todo el partido, a sabiendas de que su autor intelectual no para precisamente en ningún desierto remoto ni montaña lejana.

Después, contra todo pronóstico y gracias sobre todo a Camps, Rajoy no sólo no cayó tras el Congreso de Valencia en 2008, sino que logró zafarse, aunque fuera en falso, del aznarismo. Desde entonces, su liderazgo sólo fue creciendo en debilidad, dentro y fuera del partido, cosechando las peores valoraciones históricas para un jefe de oposición(y después para un presidente). Sólo los estragos de la crisis le allanaron el camino cuesta abajo hacia la Moncloa, a la que, como el presidente de FAES, llegó tras siete años, a tiempo y bien arropado eso sí, por un partido repleto de muy leales detractores.

Hoy, es de suponer que en el Partido Popular alguien será consciente de que las posibilidades de que Rajoy vuelva a ser investido son casi nulas y que la fragmentación del parlamento será realidad aunque la formación logre imponerse en número de votos. Es de imaginar también, que sabrán que la cabeza de su líder será la primera exigencia del socio ante un pacto de gobierno, y que ante esa posibilidad sólo cabe decir que sí. Y no será por interés electoral, claro, sino sólo por principios y por el bien de España, por supuesto.

La oportunidad que se le presenta al PP de seguir gobernando el país y al mismo tiempo quitarse de encima a Rajoy es real y constituye una ocasión política de tal calibre, que nadie debería dudar de la enorme motivación que no pocos dirigentes Populares para echar el resto en la campaña electoral dedicando al mismo tiempo una mano al hombro del presidente y otra al hilo directo con Ciudadanos, única formación parece dispuesta a acompañar a los conservadores en otro viaje al centro, esta vez compartido, del que “los naranjas” saldrían con total seguridad con los pies por delante.

Pero si el PP fracasa y no resulta ser la fuerza más votada y el partido de Albert Rivera consigue desplazarlo más hacia el extremo derecho del tablero, los populares podrían pasar en 24 horas de ocupar el gobierno de la nación a dejar de ser interlocutores necesarios en el escenario político nacional. Entonces Rajoy también se iría. La renovación interna por fin se abriría paso, unas primarias a estrenar alumbrarían un nuevo liderazgo… si no hay refundación, pero para entonces, ya sería otro partido el implantado en el disputado centro.  


Definir y cultivar una estrategia política que abra un camino que marque las diferencias respecto al discurso de Ciudadanos y al de VOX con la aspiración de acabar engullendo a ambos, podrá ser un reto apasionante para algunos pocos políticos que militan en el PP, pero también es un obstáculo infranqueable para muchos de quienes, desde sus filas, desprecian a diario la política bajo el resguardo de enormes siglas y sólo están en condiciones de seguir intentando hacerse pasar por gestores. Que queden a la intemperie sería la mejor contribución Popular a la regeneración democrática que tanto predican.