sábado, 5 de marzo de 2016

El problema de Podemos es el problema de Pablo Iglesias

Que Pablo Iglesias tenga un problema con el PSOE no tendría por qué suponer que lo tenga Podemos. En Podemos casi nadie parece apreciar aún el lastre de cargar con las fijaciones de su líder y está claro que quienes sí lo hacen prefieren ese sacrificio a reconocer que Podemos tiene un problema con el problema de Iglesias, cuya única y gran hazaña ha sido por el momento precisamente esa, insertar su cruzada personal en la cruzada de Podemos. Pero ¿De dónde surge la fijación de Pablo Iglesias con el PSOE?

El cuidado relato autobiográfico del líder de Podemos, como buen aspirante a personaje histórico, da muchas pistas. Le gusta hacer notar que sus padres no se conocieron un día cualquiera, sino un primero de mayo y que tampoco fue en un lugar cualquiera, sino ante la tumba del fundador del PSOE, Pablo Iglesias. En su honor, la pareja de cualificados trabajadores de izquierdas no podría haber elegido mejor nombre que el suyo para su hijo. El segundo hito a cuidar es el nacimiento. El hecho de venir al mundo apenas unos días antes de que los españoles dieran el sí a la Constitución de 1978 es muy simbólico. Por eso, que la Carta Magna no se reforme hasta que de ello pueda participar Iglesias debe ser para él una tentación Si el acontecimiento ha de producirse en 2018 sería perfecto al coincidir con su 40 cumpleaños.

Desde su abuelo materno, que fue un dirigente destacado de la UGT, hasta su abuelo paterno, socialista, que poco antes de conseguir librarse de ser fusilado en 1939 escribió: «si los hombres nos conociéramos mejor, nos odiaríamos menos», le sobraron estímulos intelectuales a Iglesias Turrión, que con sólo 13 años y viviendo en el barrio más obrero de Madrid ingresó en la Unión de Juventudes Comunistas de España. Dos años antes, nada más caer el muro de Berlín y casi como un preludio, al lado de la tumba del padre del socialismo español se ubicaría la de la Pasionaria. Ya tenía asumido por entonces Pablo que el partido que gobernaba España en poco se parecía al que era antes de Suresnes y que el abrazo traidor del PSOE a la socialdemocracia tenía un único culpable: Felipe González.

Poco tuvo que costarle entender al inteligente y precoz Pablo que no podría pasar a la historia siendo una sombra del fundador del PSOE, por lo que optó por usar su marca para sustituir el producto. Seré el Iglesias que libere (liquide) al PSOE, pensó, y mataré a su fundador resucitándolo con la excusa de que eso es lo que él mismo haría hoy. Así, el nuevo Pablo sueña con ser el Pablo reencarnado, el nuevo profeta del auténtico socialismo y ser recordado como fundador de un partido político llamado Podemos cuyo precursor, hace 137 años, fue alguien que se llamaba como él. Todo está dispuesto en su cabeza.

23 páginas de curriculum académico más tarde, la vida pública (televisiva) de Pablo Iglesias da comienzo. La Tuerka inicia sus emisiones con él, por supuesto, como director y presentador. Corre el año 2010 y el contexto no puede ser más propicio. Zapatero anuncia en el Congreso de los Diputados un paquete de recortes de gasto público impuesto por la UE y al año siguiente, de la mano del PP, el PSOE pacta la reforma del artículo 135. El 15-M aparece justo a tiempo para unas elecciones en las que arrasa Rajoy.  

A sabiendas de que ningún partido ha recuperado el poder tras sólo cuatro años en la oposición, de tertulia en tertulia, el discurso fluía servido en bandeja con la vista puesta en 2015 y a mitad de legislatura el instrumento político estaba dispuesto: Adaptó el “Yes, we can”, de Obama y como él se remangó la camisa, pero de Alcampo. Copió la estructura orgánica del PSOE y La Sexta hizo el resto. Iglesias encabezó la lista a las Europeas y desembarcó en el EuroParlamento para meter en cintura a Merkel y sus políticas de austeridad, pero dimitió a los 16 meses. Se negó a presentar a Podemos en las elecciones Municipales y camufló la marca para no desgastarla mientras ponía de ejemplo a Tsipras.

Por fin fue elegido candidato a la presidencia del gobierno con el apoyo del 12,6% de los inscritos en Podemos con derecho a voto. Desde ese momento se esmera por cuidar la puesta en escena de su cúpula, en cuyo seno no se cuestiona su liderazgo, y hacerla parecer un equipo, siendo sin embargo, como todo el mundo sabe, un grupo impermeable a los círculos, que a diferencia de lo que se prometió ni pinchan ni cortan en la estrategia política.

Pero la cuestión práctica es: ¿Por qué la pulsión negativa de Iglesias contra el PSOE perjudica a Podemos? Porque impide que Podemos tenga un papel decisivo en la transformación política de España en un momento clave de cambio de modelo y su actitud no es la que mantienen la inmensa mayoría de los concejales, diputados provinciales o parlamentarios autonómicos de Podemos que ya están, desde dentro, entregados a desoxidar las instituciones, habiendo comprobado que los cielos, incluso en nuestra imperfecta democracia, no pueden tomarse al asalto, pues son un espacio común.

La fijación de Iglesias aboca a una fuerza política sin bautizar como Podemos, la tercera del país, al todo o nada. Con la arrogancia de Rosa Díez con Albert Rivera, dice no a IU. Rechaza facilitar un gobierno de cambio que sería débil y renuncia a esperar su momento liderando la oposición. De poca ayuda resulta la politología y la tesis doctoral para tomar decisiones cuando manda una sola fobia. Pablo sólo ve que aquello por lo que quiere ser recordado se ventila ahora y siente pavor a tener que arrepentirse de haber dado oxígeno a un PSOE que no es el PASOK, como le gustaría. Iglesias se niega a cambiar una autobiografía que ya tiene escrita.